Especulaciones de invierno: sobre las cepas del capitalismo y otras yerbas
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Especulaciones
de invierno: sobre las cepas del capitalismo y otras yerbas
En el tránsito entre el viejo mundo
que se muere y el nuevo que tarda en nacer todo es incertidumbre. Y como
estamos ante un punto de inflexión histórico, y el sentido común ya no parece
ser el principio rector que orienta la interpretación de nuestro entorno,
podemos tomarnos una licencia para divagar sobre temas grandilocuentes a partir
de visiones controversiales sobre el sistema que domina o dominará al mundo. En
definitiva, si “se va todo al carajo” como dice Leda Sánchez, no perdemos nada
en jugar un rato a especular sin demasiados reparos.
Un
cambio de época y no una época de cambios
En su penúltimo libro, “Capitalism, Alone”[i],
el economista serbio Branko Milanovic disecciona el auge de la economía
china y la evolución de los dos tipos de capitalismos que hoy están en disputa.
En particular, extrae de esa disección dos grandes transformaciones que cuentan
con el potencial de marcar una época. Por un lado, el “establecimiento del
capitalismo, no sólo como sistema socioeconómico dominante, sino como único
sistema del mundo”.
Por el otro, el “reequilibrio del
poder económico entre Europa y Norteamérica por un lado y Asia por el otro,
debido al auge experimentado por esta última”. A este respecto, por primera vez
desde la Revolución Industrial, las rentas de las personas en estos tres
agregados son similares. De esas dos transformaciones, agrega el autor, una
carece de precedentes históricos: el dominio absoluto del sistema capitalista;
“hoy día no queda nada más que el capitalismo”, sentencia Milanovic. De ahí el
nombre del libro.
La otra transformación, más que algo
inédito, supone un reequilibrio de los balances de antaño, dado que hubo una
época en la que China e India representaban alrededor de un quinto y un cuarto
de la economía mundial respectivamente[ii]. Luego se
estancaron y les abrieron paso a las potencias occidentales. Como referencia,
hasta 1980 el PIB per cápita de China era menos de una décima parte del
correspondiente a los países occidentales. Desde entonces, el gigante asiático
fue capaz de encadenar más de cuatro décadas de crecimiento a una tasa anual
promedio superior al 9%, un fenómeno extraordinario que le permitió acortar esa
brecha al 35% (mismo nivel que tenía allá por 1820) y pujar por el liderazgo
global desplazando a Estados Unidos. Otra forma de verlo: entre 1980 y 2024, el
peso de China en el PIB mundial trepó del 2,3% al 19%, mientras que el de la
economía estadounidense retrocedió del 21% al 15%.
¿Cómo lo hizo? Según cuenta la
leyenda, cuando el mundo se empezaba a abrir y las empresas buscaban formas más
creativas de producir descentralizando sus procesos geográficamente, China
levantó la mano y se jactó de contar con un recurso altamente demandado: la
abundancia de mano de obra barata. El atractivo para el mundo industrializado
fue evidente, y a partir de ahí se generó un matrimonio de conveniencia bajo el
altar de la globalización acelerada.
Sin embargo, China no se dejó estar.
Converso al credo capitalista de su pareja, buscó la manera de construir
capacidades propias que le permitieran transformar el rol que por defecto le
había tocado tras las nupcias, imitando incluso la estrategia que estuvo detrás
del auge de su rival[iii].
Aparentemente lo consiguió, y por eso hoy estamos discutiendo lo que estamos
discutiendo: el auge de China asentado en una variante propia del capitalismo[iv].
Digresión
previa: ¿Por qué triunfó el capitalismo sobre el resto de los sistemas?
Para el autor serbio, porque ha
tenido comparativamente más éxito para generar las condiciones que, para John
Rawls, filósofo político detrás del experimento mental del velo de la ignorancia, son necesarias para asegurar la estabilidad
de cualquier sistema. “A saber, que en sus acciones cotidianas los individuos
manifiesten y de paso refuercen los valores generales en los que se basa el
sistema social”. Siguiendo su línea de razonamiento, el dominio del modo de
producción capitalista se asienta en su capacidad de promover un incentivo que
todos entendemos y de transmitir sus objetivos de forma clara. Esto genera una
alineación estrecha entre lo que el sistema exige para su desarrollo y los
valores, las ideas y los deseos de las personas.
“Puede que cueste trabajo convencer
de algunas de nuestras creencias, de nuestras preocupaciones y de nuestras
motivaciones a alguien que se diferencia de nosotros por su experiencia de
vida, por su género, raza, origen o formación, pero esa misma persona
comprenderá con toda facilidad el lenguaje del dinero y del lucro. Si le
explicamos que nuestro objetivo es conseguir el mejor trato posible, será capaz
de determinar sin ningún esfuerzo si la mejor estrategia económica a seguir es
la cooperación o la competencia”. Todos entendemos el mismo lenguaje, que es el
lenguaje de la obtención de beneficios.
¿Es
un único capitalismo el que domina el mundo?
No, existen (al menos) dos cepas
distintas que compiten entre sí. Detrás de la puja por la hegemonía mundial
entre China y Estados Unidos, subyace la puja entre dos versiones distintas del
mismo sistema: el capitalismo meritocrático liberal, que prima en Occidente
desde hace décadas, y el capitalismo político impulsado por el Estado en el
otro costado del mundo.
Para definir el primero, Milanovic
se apoya en las diversas formas de igualdad propuestas por Rawls. La igualdad meritocrática es un sistema de
“libertad natural” en el cual no existen obstáculos legales que restrinjan el
acceso de las personas a determinada posición en la sociedad. La igualdad liberal es más equitativa,
porque corrige parcialmente algunos aspectos de la anterior y contempla otros
mecanismos para mitigar el traspaso intergeneracional de ventajas y
privilegios.
Conjugando lo anterior, el concepto
de “capitalismo meritocrático liberal” del libro refiere a cómo se producen e
intercambian los productos (capitalismo), cómo se distribuyen estos productos
entre las personas (meritocrático) y cuánta movilidad social existe (liberal).
Este tipo de capitalismo es la continuación del capitalismo clásico de Reino
Unido previo a la Primera Guerra Mundial y del capitalismo socialdemócrata que
se extendió entre la segunda posguerra y el comienzo del siglo XXI. La
democracia y el imperio de la ley son, además de sus ventajas principales,
valores en sí mismo que han alimentado el ideal del ascenso social y la
igualdad de oportunidades.
El capitalismo político, en
contraposición, lo define a partir de tres características sistémicas e
interconectadas. Cuenta con una “burocracia eficiente, tecnócrata y experta”
que es seleccionada en base al mérito y que tiene por objetivo apuntalar el crecimiento,
dada la segunda característica del sistema, que es para él la ausencia del
imperio de la ley. Las normas se aplican o no dependiendo de la conveniencia.
Si es necesario coaccionar a una empresa o actor políticamente inconveniente,
las normas pueden hacerse a un lado sin mayores problemas. El caso de Jack Ma,
fundador de Alibaba, es ilustrativo: luego de que criticara la regulación china
en 2020, lo castigaron y lo sacaron de escena. Las “zonas de ilegalidad no son
una aberración, sino una parte integrante del sistema”, alerta el serbio.
Finalmente, la tercera
característica refiere a la autonomía del Estado, que permite que su actuación
sea determinante y lo libera de cualquier tipo de impedimento legal; “es
preciso que la toma de decisiones la lleven a cabo arbitrariamente las personas
y no que venga determinada por las leyes. Obviamente hay leyes, pero su alcance
no puede ser generalizado porque eso destruiría la configuración del sistema y
afectaría a sus principales beneficiarios”.
La
competencia entre ambas cepas del capitalismo
Hace algunos años varios analistas
estimaban que, tarde o temprano, China volvería a hacer gala de su pragmatismo
y readecuaría su sistema estrechando las semejanzas con el de Estados Unidos.
Sin embargo, a juzgar por el aluvión de acontecimientos recientes, la trama
parece estar desarrollándose en el sentido inverso. “China abraza el capitalismo de Estado con
características estadounidenses”[v],
advierten los titulares, sugiriendo incluso que el movimiento MAGA terminó de
abrazar el maoísmo tras el segundo arribo de Trump a la Casa Blanca[vi].
En efecto, la administración de
Trump ha usurpado potestades que no le competen[vii], está
asumiendo un papel desproporcionado en la inversión estratégica del país[viii] y
ha profundizado sus ataques contra empresarios y empresas, exigiendo incluso un
cambio en la fórmula de la Coca Cola. Entre
otras cosas, ha logrado que el Tío Sam muerda el 15% de las ventas de ciertos
chips de Nvidia a China, se apropie de la llamada “acción de oro” (golden share) en el marco de la fusión
entre la Nippon Steel y la US Steel y pueda controlar el 10% de la empresa
Intel. Este ejercicio abusivo del poder se extiende también sobre las
universidades, la prensa e incluso ahora sobre los museos, atentando además
contra la independencia de la Reserva Federal y la Oficina de Estadísticas
Laborales.
En fin, los ejemplos abundan en
cantidad y colores. De hecho, luego de enviar la guardia nacional a Washington,
aclaró que no es un dictador, sino “una persona con mucho sentido común”, y que
“mucha gente dice que quizá queremos tener un dictador”.
Una aproximación alternativa: el
atractivo del “Estado ingenieril” sobre el “Estado jurista”
En su último libro, publicado días
atrás, el investigador de la Universidad de Stanford, Dan Wang, desplaza el eje
del análisis y encuadra esta competencia de una manera más original y polémica[ix].
Parte de su tesis descansa sobre la premisa de que China se rige como un Estado ingenieril orientado a la
construcción (producción), mientras que Estados Unidos se ha convertido en una Estado jurista que favorece la
obstrucción para proteger la riqueza[x]. "China es un estado de ingeniería, que
construye a gran escala a una velocidad vertiginosa, en contraste con la
sociedad legalista de Estados Unidos que bloquea todo lo que puede, bueno y
malo". En otras palabras: un Estado se orienta a la resolución de
problemas y se enfoca en los resultados, y el otro se beneficia de problemas
irresolubles y enfatiza los procedimientos[xi].
Naturalmente, ambos mundos tienen sus diferenciales positivos y negativos,
además de muchos puntos de contacto.
En la visión de este autor, la élite
tecnocrática de la ingeniería china resuelve problemas con hormigón, acero y
escala: con carreteras, puentes, centrales eléctricas y otros proyectos masivos[xii].
Obviamente, mantener acelerada esa semejante maquinaria requiere extender el
control político hacia la sociedad, con todo lo que eso implica desde el punto
de vista de los derechos y las libertades. Según relata, el tiempo que pasó en
China lo hizo anhelar “los privilegios
del pluralismo disponibles en el Occidente democrático”. En particular,
dedica un capítulo a desentrañar la catástrofe humana que supuso la política de
un solo hijo, alegando que representa el rostro más cruel de este sistema:
"La política del hijo único sólo
pudo haberse implementado en el estado de la ingeniería".
En contraste, la élite legalista
estadounidense resuelve problemas asignando derechos de propiedad y seguridad,
garantizando un conjunto de salvaguardas para proteger a sus ciudadanos del
ejercicio indiscriminado del poder. Sin embargo, el hecho de ser “un gobierno de abogados para abogados”
ha generado una suerte de esclerosis que ha desgastado sus capacidades,
convirtiendo al país en una “vetocracia
super litigiosa” alejada del brillo ingenieril que caracterizó al período
de posguerra. En efecto, estas salvaguardias frenan los excesos, pero a costa
de “producir estancamiento y ambiciones
desperdiciadas”.
Como sugiere el libro, muchos
admiran a China por su capacidad para impulsar el crecimiento mediante sus
proezas en la construcción de infraestructura, avances científicos y promoción
de industrias estratégicas, y se ofuscan ante los límites que derivan de los
controles, equilibrios y compromisos propios de una democracia pluralista. De
hecho, este sería el atractivo principal de Trump, a saber, su instinto natural
por romper las reglas y derribar las barreras legales que se interponen entre
sus caprichos y los límites impuestos por el estado de derecho.
Apoyándose en este nuevo enfoque, el
historiador económico de la Universidad de Berkeley, J. Bradford DeLong,
concluye que “una de las tareas más urgentes y desafiantes del mundo en el
siglo XXI podría ser forjar una síntesis de lo mejor de China y Estados Unidos,
evitando al mismo tiempo lo peor de cada uno”[xiii]. Parece
difícil…
Problema
I: la inestabilidad inherente al capitalismo de Estado chino
Volviendo al libro de Milanovic,
surge de ahí que el capitalismo de Estado encarnado por China está atravesado
por tensiones irresolubles, dado que de las tres características que lo definen
emanan dos contradicciones que ponen al modelo en un equilibrio inestable. La
primera de ellas tiene que ver con la coexistencia de esa élite tecnócrata,
calificada y seleccionada por sus méritos con la aplicación selectiva y
arbitraria de la ley. “Una élite tecnócrata se forma para seguir normas y
actuar dentro de los límites de un sistema racional. Pero la arbitrariedad en
la aplicación de esas normas socava directamente esos principios”.
La segunda contradicción que
identifica es la que existe entre el aumento de la desigualdad que surge de la
“corrupción endémica” –por el uso discrecional del poder y la ausencia del
imperio de la ley– y la necesidad de mantener esa desigualdad a raya para
evitar corroer los cimientos de su legitimidad. Si la corrupción va demasiado
lejos socava la integridad de esa burocracia y su capacidad de promover
crecimiento, afectando el contrato social que sostiene al sistema. “Puede que
la población tolere su falta de voz, mientras la élite le proporcione mejoras
tangibles de sus niveles de vida, administre justicia de un modo aceptable y no
permita desigualdades flagrantes”, agrega el autor.
A la luz de lo anterior, se pregunta
qué tan “exportable” es el capitalismo político chino y cómo su éxito relativo
puede representar una amenaza para el consenso occidental, que vincula
necesariamente al capitalismo con la democracia liberal. Cinco años después de
su publicación, parte de esas interrogantes parecen haber quedado respondidas
ante el desenlace de los acontecimientos. Es que el atractivo es evidente, y va
más allá del desempeño económico chino de las últimas décadas: también ofrece
autonomía para la clase dirigente, margen para eliminar trabas de todo tipos y
espacio para amañar el sistema en favor de los ricos y poderosos.
El problema adicional es que ese
atractivo es cada vez más notorio, dado que la democracia liberal transita sus
horas bajas y parece estar consumiéndose desde adentro ante la imposibilidad de
satisfacer las demandas ciudadanas (un problema complejo para un mundo
convulsionado y geo-económicamente
fragmentado).
Problema
II: el factor Trump
Siguiendo la narrativa del
economista serbio, además de ser un sistema tensionado por sus contradicciones
inherentes, la viabilidad de su exportación se recuesta sobre la “capacidad de
aislar la política de la economía” y mantener una “columna vertebral centralizada
y hasta cierto punto no corrupta que pueda imponer decisiones en el interés de
la nación y no sólo estrictamente en el de los negocios”.
Expresado de otra manera, el factor
Trump suma un elemento más de inestabilidad a un sistema inestable por
naturaleza. Además, según dicen las malas lenguas, Trump es un estratega mucho
más torpe y menos implacable que Xi Jinping, que no cuenta con la capacidad de
alentar el mismo fervor patriótico que su homólogo oriental[xiv]. El caos
propio de su persona, a su vez, se ubica en las antípodas de la disciplina que
le ha permitido a China despegar.
Como advierte la revista británica
The Economist, “America Inc no prosperará en medio del caos”. A lo anterior hay
que sumar otra desventaja, y es que, mientras en China el Estado está
diseminado por todos lados, en Estados Unidos está centralizado en la oficina
oval.
El
capitalismo ya fue
Siguiendo con esta cadena de
especulaciones grandilocuentes, y a efecto de darle cierre a este cúmulo de
divagues y abstracciones, hay quienes consideran que el capitalismo es cosa del
pasado. Entre ellos se encuentra el ex ministro de economía griego, Yanis
Varoufakis, que en su último libro declara el inicio del reinado de lo que
llama tecnofeudalismo[xv]. “Así es como termina el capitalismo: no con
un estallido revolucionario, sino con un murmullo evolucionario”, declara
este provocador economista histriónico.
Básicamente, declara que el
capitalismo murió a manos de un nuevo tipo de capital, “el capital nube” (o “capital
algorítmico”), una suerte de parásito que terminó por consumirse a su
huésped. Esta nueva mutación del capital ya no produce, sino que altera nuestro
comportamiento; lo entrenamos para que nos entrene y le permitimos crear y
moldear nuestras preferencias y demandas para que luego puedan satisfacerlas en
un circuito más cerrado. Desde esta singular perspectiva, el mercado fue
sustituido por los feudos (plataformas) y las ganancias por las rentas que
demandan los nuevos señores (tecno)feudales para acceder a sus dominios.
Según estos cantos helénicos, hemos
vuelto a la estratificación social de la Edad Media: los nuevos vasallos son
los ex capitalistas, que ahora tienen que pagar peaje para operar en los
feudos, el nuevo proletariado está representado por los trabajadores
controlados por los algoritmos, y los nuevos siervos somos todos los demás, que
-por primera vez en la historia- reproducimos gratuitamente ese “capital nueve” (por ejemplo, cuando
usamos el waze, pedimos comida o miramos series). La foto viral de los tecnofeudalistas en la asunción de Trump
es por demás elocuente de esta nueva clase dominante. “¡Siervos de la nube, proletarios de la nube y vasallos de la nube del
mundo, uníos!”, exclama Varoufakis.
En fin, así está el mundo amigos.
[i]
Milanovic B. (2019). Capitalism, Alone: The Future of the System That Rules the
World.
[ii] Martín Rama: “El ‘distinto’ de la
economía que extrajo, desde el tango, la esencia del país de los vivos”. la
diaria
[iii] Entre sus argumentos, Milanovic señala
que “la creación por parte de China de nuevas instituciones económicas
internacionales es comparable con lo que sucedió bajo el liderazgo de Estados
Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, con la fundación del Banco Mundial
y del Fondo Monetario Internacional”
[iv] Obviamente, es igualmente defendible la
tesis de que no es un país capitalista, pero sí una economía de mercado o
incluso un “socialismo a la China”. De ahí la idea de tomarnos algunas
licencias para el análisis.
[v] The
U.S. Marches Toward State Capitalism With American Characteristics. The Wall
Street Journal
[vi] Is
MAGA going Marxist and Maoist? Trump’s assault on free-market capitalism. Fortune
[vii] La introducción indiscriminada de
aranceles a los márgenes del Congreso es el más notorio.
[viii] Será él el encargado de manejar las
inversiones que hizo prometerle a sus socios comerciales en el marco de la
negociación arancelaria.
[ix] Wang
D. (2025). Breakneck: China's Quest to Engineer the Future.
[x]
Breakneck — why China’s engineers beat America’s lawyers. Financial Times
A
Nation of Lawyers Confronts China’s Engineering State. The Atlantic
[xi] Wang desarrolla múltiples ejemplos para
identificar las consecuencias divergentes de estas dos aproximaciones. A modo
de ejemplo, en 2008 se aprobó la financiación de una línea ferroviaria entre
San Francisco y Los Ángeles, al tiempo que China inició un proyecto similar
para conectar Pekín y Shanghái. Tres años más tarde los chinos ya estaban
inaugurando esta
obra, que costó cerca de 36.000 millones de
dólares. En contraste, y según las últimas estimaciones, el primer tramo de la
línea ferroviaria de California podría inaugurarse entre 2030 y 2033 con un
coste estimado de 128.000 millones de dólares. En otras palabras, el margen de
error estadounidense es tan extenso como el tiempo que le llevó a los chinos
terminar el proyecto. El autor también señala que, si bien fue Estados Unidos
el que construyó la escalera hacia el liderazgo tecnológico, China fue el
primera en ascenderla; “hay más gloria y ventaja económica en la fábrica que en
el laboratorio científico”, argumenta
[xii] Is a
Sino-American Synthesis Possible? Project Syndicate
[xiii] Idem
[xiv] Trump
wants to command bosses like Xi does. He is failing. The Economist
[xv]
Varoufakis Y. (2019). Technofeudalism:
What Killed Capitalism