La contribución de Uruguay al cambio climático
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Hace unos años, un jueves, me llegó un email del New York Times, firmado por una tal Kyla Jones, ‘verificadora de hechos’ (es decir fact-checker, pero suena más fino en español).[1] Pensé que era spam (¿qué podía querer el New York Times conmigo?) pero resultó ser posta. Me escribía porque estaban preparando un reportaje largo sobre el modelo de desarrollo de Uruguay. Sus preguntas para mí no eran sobre cambio climático, sino sobre temas más tradicionales de la historia económica y rural, como el legado colonial, los latifundios, la desigualdad. La cuestión es que un tiempo después vi el artículo publicado, con tremendo fotorreportaje. La bajada del título: “No hay mayor desafío para la humanidad que reducir las emisiones sin volver a niveles preindustriales de pobreza. Un diminuto país está liderando el camino.”

Fuente: New York Times Magazine, 5 de octubre de 2022. Reportaje de Noah Gallagher Shannon. Disponible en: https://www.nytimes.com/2022/10/05/magazine/uruguay-renewable-energy.html
A ver: algo de razón tienen. La ‘revolución eólica’ al influjo de la Política Energética 2008-2030 ya ha alcanzado logros ambientales innegables, especialmente en el subsector eléctrico. Antes, la generación eléctrica dependía en una medida importante de los combustibles fósiles, y esto se acentuaba en tiempos de sequía: por ejemplo, en 2008, 2009 y 2012 la parte fósil de la generación llegó a niveles del 32% al 39%. Eso ya no pasa más. La generación de electricidad con fósiles tiende a desaparecer en tiempos normales, pero incluso cuando hay una sequía grande (como en 2022-23) sólo llega al 8%. Esto significa que el sector eléctrico que generaba 3,3 millones de toneladas de CO2 en 2012 pasó a generar sólo 0,3 en 2017: once veces menos emisiones.
Vamos un poco más allá del sistema eléctrico para ver el conjunto de la matriz energética. Si buscamos evidencia comparada, podemos decir que (todo lo demás constante) cuanto más rico es un país, una mayor parte de su energía se genera con combustibles fósiles. Hay dos países en el mundo que desafían esa idea porque tienen una renta per cápita alta (alta según los umbrales definidos por el Banco Mundial) y tienen descarbonizada su matriz energética a un nivel que la Agencia Internacional de Energía considera compatible con los objetivos climáticos. Son Noruega y Uruguay.[2]

Figura 1. PBI per cápita y participación de las renovables en la matriz energética, 2019. Cada punto es un país. Los colores representan distintas regiones: América Latina en azul, África en rojo, Asia en verde, y países occidentales ricos (‘West’) en lila.
Fuentes: bases de datos de International Energy Agency y World Bank.
El éxito de Uruguay en términos de descarbonización de la matriz energética es efectivamente notable. Uno pensaría que esto llevaría a una caída en las emisiones liberadas por combustibles fósiles en la economía uruguaya, pero no. El CO2 de fósiles per cápita fue 2,05 toneladas en el promedio 2014-2024, frente a 1,94 en el período 2000-2013. Eliminar los picos de las sequías descarbonizando el sistema eléctrico es sin duda un logro importante, pero aumentos de consumo de energías fósiles en otros sectores (transporte) han más que compensado ese ahorro.
Y si miramos medidas de contribución al cambio climático más allá de los combustibles fósiles e incluimos las emisiones agropecuarias, Uruguay tiene niveles por habitante comparables a países de mucho mayor desarrollo relativo y superiores a cualquier otro país latinoamericano. Y efectivamente hay que mirar más allá de los combustibles fósiles, porque si no nos perdemos buena parte de la historia del cambio climático: aproximadamente la mitad de los gases de efecto invernadero emitidos globalmente desde 1800 provenían de la agricultura y la ganadería (Infante-Amate et al, 2025).

Figura 2. PBI per cápita y emisiones de gases de efecto invernadero por habitante incluyendo fósiles y agropecuarias, 2019. Cada punto es un país: América Latina en azul, Uruguay en rojo, resto del mundo en gris.
Fuentes: base de datos de emisiones de Infante-Amate et al (2025), con datos adicionales de cabezas de ganado históricas de Uruguay. GWP100 (IPCC AR6). Datos de PIB per cápita del Banco Mundial.
Una perspectiva histórica importa para pensar estos temas porque el cambio climático (al igual que los niveles de bienestar material en los distintos países) no es el resultado de cosas que pasaron el año pasado o en las últimas décadas, sino de procesos de más larga duración. Claro que nadie estaba contando emisiones hace un siglo, así que hay que estimarlas y hay márgenes de error importantes (los mayores son para emisiones asociadas a cambios del uso del suelo, por lo que no las incluyo en esta nota). Los gráficos que presento acá se basan en trabajos que publicamos el año pasado (Infante-Amate et al. 2025 y 2025b), con algún agregado para mejorar el detalle de la estimación para Uruguay.[3]
Más allá de las fuentes históricas, trabajar con datos de emisiones es siempre desafiante e implica decisiones metodológicas aparentemente sutiles y frías, pero que pueden llevar a resultados muy diferentes y dar lugar a debates álgidos. En el caso de Uruguay, un punto que levanta pasiones es cómo convertir el metano liberado por el ganado a un valor equivalente de dióxido de carbono, porque esa es la unidad en la que se miden las emisiones totales. Lo que suele reportarse internacionalmente es con el criterio GWP 100: traducir el metano a CO2 a partir de su potencial de calentamiento a cien años, considerando que el metano es un gas de vida corta pero de alto impacto. Este es el criterio implícito en el gráfico anterior. Pero muchos en Uruguay (incluyendo el INAC) prefieren un criterio alternativo que tiene menos consenso científico internacional: el GWP*, que da un flujo anual de emisiones en CO2 equivalente de casi la mitad para Uruguay (de 10,6 a 5,7 t en 2023) (Figura 3, panel b).[4] Pero al trabajar con el acumulado histórico podemos evitarnos esta tensión (Figura 3, panel a). Estamos aproximándonos a la contribución acumulada al calentamiento con un criterio que ya trata al metano como gas de vida corta (tal como hace el GWP*).

Figura 3. Contribución al calentamiento global hasta 2023 por habitante, en veces la media mundial (panel a). Emisiones de 2023 con dos métricas diferentes de metano (panel b). ‘Occidente’ refiere a los países occidentales ricos de Europa occidental y Norteamérica.
Fuentes: base de datos de emisiones de Infante-Amate et al (2025) usando el operador de Jones et al. (2025) para estimar la contribución de los gases al calentamiento. En el panel b, misma base de datos con operador de GWP* de Smith et al (2021).
Así que en el acumulado histórico, Uruguay emite per cápita más de 3 veces más que la media mundial y se ubica en niveles similares a países de mucho mayor desarrollo relativo; de hecho según esta estimación estaría en el top 10 de emisiones per cápita. En otras palabras, nuestra economía nos ha dado en el largo plazo un ingreso por habitante que no está nada mal en comparación con la mayoría de los países del mundo, pero que ha tenido un costo en emisiones considerable acercándose a los niveles de los países occidentales ricos, que han tenido y tienen una renta por habitante bastante superior a la nuestra. Hemos tendido a emitir mucho para nuestros niveles de productividad.
Una lectura posible de esta evidencia es que la especialización en torno a las ventajas comparativas “naturales” tiene sus costos ambientales. Claro que la mayor eficiencia relativa en la explotación de los recursos es algo relevante que ha ocurrido y sigue ocurriendo: entre 1990 y 2025 la producción de carne aumentó un 90% pero las emisiones asociadas solo un 30%, como dice el INAC. Pero esto no implica mitigación en términos absolutos de las emisiones, que es lo que importa. La atmósfera no te pregunta cuánta carne estás produciendo con tal o cual nivel de emisiones, solo le interesa el impacto absoluto de esas emisiones, y una política climática inteligente debería pensar en esos términos también. Esto vale tanto si nos preocupa el cambio climático y pensamos que Uruguay puede decir y hacer más al respecto, como si simplemente pensamos en términos de garantizar una tasa de crecimiento económico robusta para las próximas décadas. No sería raro que en un futuro relativamente cercano la ganadería de carnes se vea restringida o afectada por medidas necesarias para mitigar o adaptarse al cambio climático.[5] Nos faltan más miradas ambientales de largo plazo sobre el agro uruguayo, tanto para entender nuestra contribución al cambio climático como para poner nuestros desafíos futuros en perspectiva.
Referencias
Austin, G. (2017) “Introduction” en Austin (ed.), Economic Development and Environmental History in the Anthropocene: Perspectives on Asia and Africa (Londres: Bloomsbury), 1-6.
Gallagher Shannon, Noah (2022) What Does Sustainable Living Look Like? Maybe Like Uruguay, The New York Times Magazine, edición del 5 de octubre.
Infante-Amate, J., Travieso, E., y Aguilera, E. (2025). The history of a+ 3° C future: Global and regional drivers of greenhouse gas emissions (1820–2050). Global Environmental Change, 92, 103009.
Infante-Amate, J., Travieso, E., y Aguilera, E. (2025b). Green growth in the mirror of history. Nature Communications, 16(1), 3766.
Jones, M. W., Peters, G. P., Gasser, T., Andrew, R. M., Schwingshackl, C., Gütschow, J., ... y Le Quéré, C. (2023). National contributions to climate change due to historical emissions of carbon dioxide, methane, and nitrous oxide since 1850. Scientific Data, 10(1), 155.
Meinshausen, M., y Nicholls, Z. (2022). GWP* is a model, not a metric. Environmental Research Letters, 17(4), 041002.
Smith, M. A., Cain, M., y Allen, M. R. (2021). Further improvement of warming-equivalent emissions calculation. NPJ climate and atmospheric science, 4(1), 19.
[1] Ahora es editora de periodismo investigativo (Research Editor) para The New York Times Magazine.
[2] El lector avezado ya me estará esperando con la objeción y el mate prontos. No me vas a comparar a Noruega con Uruguay. Sí, ponele, los dos están por encima del umbral de “renta alta” del Banco Mundial, pero Uruguay está apenitas por encima y en Noruega tiran manteca al techo, es un país desarrollado en serio. Cierto. Seguí leyendo, porque el argumento va a ser que el modelo ‘verde’ de desarrollo de Uruguay no es tan verde que digamos porque tiene emisiones históricas acumuladas que no se condicen con nuestros niveles de productividad ni de vida material.
[3] Las estimaciones de las emisiones ganaderas uruguayas de largo plazo que están en este post son un poco como el catenaccio: con sus limitaciones, pero defendible siempre que se haga de forma limpia. Me explico: antes de 1961, la estimación parte del stock ganadero reportado por anuarios agropecuarios, interpola linealmente entre ellos, y asigna emisiones para cada año a partir de un coeficiente para cada especie. Desde 1961 hay datos agropecuarios disponibles directamente en FAOSTAT. Claro que la cosa es más compleja: tipos de manejo, razas de animales, forrajes, sequías, todo eso y más afectará las emisiones. Pero así, a grandes rasgos, este tipo de estimaciones da una idea aproximada. Ignacio Narbondo está haciendo su tesis doctoral, financiada por ANII, investigando justamente los impactos ambientales de la ganadería uruguaya en el largo plazo. Cuando ese trabajo esté terminado seguro que él se encargará de corregir estos números.
[4] El tema es largo, pero una buena crítica de esta métrico GWP* puede encontrarse en Meinshausen y Nicholls (2022) que incluso usan el ejemplo de Nueva Zelanda, que en este sentido (y en otros) es muy comparable a Uruguay.
[5] Es que paradojalmente en el siglo XXI las opciones disponibles para las economías en desarrollo podrán verse limitadas tanto por los efectos del cambio climático como por las medidas que se tomen para frenarlo (esta idea se la robé a mi tutor de tesis doctoral: ver Austin, 2017).

Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.