Apuntes sobre polarización en Uruguay
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Esta nota empieza con una imperdonable aclaración autorreferencial: soy argentino, y me mudé a Uruguay hace poco más de un año luego de vivir un tiempo en Estados Unidos. No es que esto deba importarle a alguien, sino que explica en parte algunos prejuicios positivos con los que llegué. Siempre pensé a Uruguay como un país con una cultura tolerante y dialoguista y que no sufre de grietas sociales motivadas por la pertenencia a grupos políticos distintos (lo cual sí ocurre, como sabemos, en Argentina y en Estados Unidos). Afortunadamente, mi experiencia personal durante este año confirmó esos prejuicios, y nada me hace pensar que eso vaya a cambiar en el corto plazo.
Al mismo tiempo, ocurre que esas diferencias sociales motivadas por el rechazo identitario a quienes apoyan a otro partido, a las que conocemos como polarización afectiva (Iyengar et al, 2012), son también mi objeto de estudio profesional. Por eso, durante este año trabajando en Uruguay empecé a proponerme incluir al país en algunos estudios vinculados con este fenómeno, específicamente pensándolo como un ejemplo de un sistema político con baja polarización afectiva. De la intersección entre esa tarea y mi vida en Uruguay durante este año surgen estas reflexiones.
¿Es Uruguay un país de alta polarización? Grande fue mi sorpresa al encontrar en la literatura especializada que Uruguay aparece como uno de los países más afectivamente polarizados del continente, y en algunos casos del mundo. Por ejemplo, Wagner (2021) compara 41 países y encuentra a Uruguay en el cuarto lugar, solo por detrás de Perú, Albania y Turquía. En esa medición, se posiciona por encima de Hungría (por poco), Estados Unidos y Brasil (por bastante distancia). Reiljan (2021) también menciona a Uruguay como una “excepción” polarizada en América Latina, y Andrews y Huang (2025) lo posicionan como un país en el que los ganadores se polarizan especialmente. Está claro que encontrar una medida que capture el fenómeno razonablemente en una cantidad de países tan diferentes entre sí supone un desafío colosal. En un contexto como ese, seguramente habrá lugares para los que el concepto esté mejor representado y otros en los que el indicador funcione un poco peor, y eso es aceptable. Dicho esto, es difícil para quien conozca en detalle los casos pensar que la animosidad entre personas de izquierda y de derecha en Uruguay es mayor a la que existe entre petistas y anti-petistas en Brasil (Samuels y Zucco, 2018) o entre peronistas y anti-peronistas en Argentina (Tarillo, 2025), e incluso comparable a aquella entre fujimoristas y anti-fujimoristas en Perú (De La Cerda, 2025). Ese matiz es incorporado - en mi opinión, muy acertadamente - por Moraes y Béjar (2024), quienes encuentran a Uruguay como el país más polarizado de la región pero marcan explícitamente que la medida que usualmente se utiliza para este concepto se enfoca en los partidos y no en otros ciudadanos. En otras palabras, se pregunta por la simpatía o rechazo hacia un partido específico, y no hacia las personas que piensan de una determinada manera. Esta puntualización es central por dos motivos. Primero, porque Uruguay sí es uno de los sistemas políticos con partidos más fuertes en la región. Eso implica que la gente tiene más clara su simpatía o rechazo hacia etiquetas partidarias que en otros lugares donde las marcas partidarias están diluidas, como es el caso de Argentina (Lupu, 2016) o Perú (Mainwaring, 2018). Segundo, y posiblemente más importante, porque estas mediciones miran polarización vertical (el rechazo a partidos y líderes) pero no horizontal (el rechazo entre ciudadanos). Esta última es, en definitiva, una dimensión central para la polarización afectiva porque es la que se vincula con sus consecuencias a nivel social. Si esas medidas no capturan la famosa “grieta”, la pregunta que surge inmediatamente tiene que ver con la existencia o no de este fenómeno en Uruguay. Hay algunas aproximaciones académicas al tema. Por ejemplo, Carlin y Love (2018) encuentran que las personas confían menos en quienes apoyan al otro partido, lo cual es razonable aunque no mide otros modos de animosidad. Asimismo, Varieties of Democracy mide polarización política con percepciones de expertos y encuentra a Uruguay como un caso de polarización baja, lo cual contrasta con las mediciones enfocadas en partidos (McCoy, 2024). La fuente de datos más reciente y, a mi juicio, sistemática y directa que existe sobre este punto es la encuesta realizada en conjunto por la Unidad de Métodos y Acceso a Datos (UMAD) de la Universidad de la República junto al Diario El Observador en 2024. Si bien se trata de una muestra de conveniencia que luego fue ajustada estadísticamente, los resultados apuntan en una dirección clara. Allí encuentran, entre otras cosas, que menos de un cuarto de quienes responden se sentiría "disgustado" o "muy disgustado" si un hijo se casara con un votante del bloque opuesto. Además, a la mayoría le es indiferente tener amigos cercanos del otro bloque, y alrededor del 70% no cree que los votantes del partido opositor sean una amenaza para la democracia. Si bien existe algún grado de rechazo hacia un “otro” político y es asimétrico (quienes apoyan a la coalición rechazan más a los frenteamplistas que al revés), estos resultados parecen capturar el fenómeno de un modo más fidedigno que otras medidas y ponen muy en duda la existencia de divisiones sociales profundas motivadas por la política. En definitiva, en Uruguay se observa rechazo al partido contrario - en parte reflejando la fortaleza del sistema -, pero no polarización afectiva entendida como una grieta social.
¿Debería preocuparnos la polarización?
A juzgar por esa evidencia, la polarización no es una preocupación para Uruguay en el sentido clásico. Más allá de algún encontronazo, el sistema político parece encontrarse lejos de una situación de grieta afectiva que genere consecuencias a nivel social. Sin embargo, me gustaría recordar en este punto dos cosas. La primera es que Uruguay sí tiene algún grado de polarización ideológica, por ejemplo mayor a la de Argentina (Moncagatta y Silva, 2024). En otras palabras, hay dos grupos claramente diferenciados de personas que piensan distinto, y que están además representadas por dos partidos (coaliciones) diferentes. Ese tipo de polarización, sobre todo en un nivel moderado como el uruguayo, suele tener efectos positivos: mejora la representación y la rendición de cuentas (Singer, 2016). Asimismo, su correlación con la polarización afectiva a nivel regional es muy baja, por lo que puede existir con o sin ella (Moraes y Béjar, 2024). La segunda es que es posible, y de hecho es deseable, analizar la polarización (tanto ideológica como afectiva) entre ciudadanos y entre las elites de los partidos por separado, porque el nivel puede no coincidir. Si eso es así, una pregunta que es razonable hacerse es si el sistema político uruguayo está reflejando razonablemente esas dos posturas que se observan a nivel social. En otras palabras, si los partidos muestran diferencias ideológicas igual de profundas que las de los ciudadanos.
Hace unos quince días, me crucé en redes sociales con el episodio en el que el periodista Leonardo Sarro le pregunta al Ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone, sobre la situación de las personas que cobran el salario mínimo. Para quien no lo haya visto, ante una respuesta general Sarro le dice a Oddone (Frente Amplio) que su modelo económico es el mismo que el de Arbeleche (del gobierno anterior, de la Coalición). El enojo de Oddone ante ese comentario no es tema de esta columna, pero sí lo es la comparación de Sarro. La convergencia de posturas, por supuesto, es sana cuando se cristaliza en políticas de estado. Sin embargo, y quizás contraintuitivamente, existe tal cosa como un “exceso de convergencia”: cuando la diferenciación es demasiado baja, las marcas partidarias se diluyen y los sistemas corren riesgos relacionados con problemas de representación (Lupu, 2016). De hecho, eso pasó en varios sistemas de partidos de la región (por ejemplo, el argentino) a principios de siglo, y Uruguay no tuvo ese problema en parte porque el Frente Amplio ofreció una alternativa programática en la escena nacional (Roberts, 2014).
Ante esos argumentos, el punto de Sarro es relevante para este análisis precisamente porque no parece ser una postura aislada. Ignacio Zuasnabar, de la consultora Equipos, comenta en marzo de este año en el Diario El País que la antipolítica surge espontáneamente en sus mediciones desde 2022, a veces como respuesta a un tono de debate entre elites algo virulento. También sostiene que existe “resignación” frente a ciertos problemas (por ejemplo, la inseguridad). En línea con eso, un informe de la consultora Factum de enero de este mismo año (con mediciones de 2025) marca que el 28% de los uruguayos se consideran poco interesados en política o desconfían de ella. Entre los jóvenes de 18 a 33 años, el porcentaje aumenta levemente a 31% (más bien impulsado por la falta de interés).
A partir de esos datos, la pregunta que queda planteada simplemente como inquietud intuitiva es si no estamos frente a un escenario en el que la convergencia de política pública que fue tan beneficiosa para la estabilidad y el desarrollo de Uruguay pueda estar comenzando a generar algunos desajustes. En particular, me refiero a problemas relacionados con el crecimiento de una visión que ve a todos los partidos como demasiado similares, y por lo tanto se siente huérfana de representación. En definitiva, mi lectura es que podemos estar ante una situación de poca diferenciación entre elites en lo sustantivo, aun cuando el tono de sus intercambios a veces se ponga confrontativo. Si eso es así, el desinterés no sería impulsado solamente por la virulencia de las discusiones, sino también por el hecho de que las diferencias en política pública sean mucho menores que las discursivas. En otras palabras, la polarización ideológica observada en los ciudadanos podría no estar siendo adecuadamente representada por las elites.
Conclusiones
Brevemente y para terminar, me gustaría resaltar dos ideas centrales. La primera es que en Uruguay no parece haber polarización afectiva en el sentido en que usualmente la pensamos (como una grieta social entre ciudadanos motivada por el hecho de que piensan diferente; es decir, como un fenómeno horizontal). En definitiva, las mediciones que sitúan a Uruguay como un país de polarización afectiva alta se enfocan en las opiniones de las personas sobre los partidos, pero las encuestas que miden actitudes sociales observan la cultura cívica del país con (mucha) más esperanza. La segunda es que, si hubiera un problema relacionado con la polarización, no parece ser esa división social, sino el desafío contrario: una convergencia entre elites tan alta que erosione su capacidad de representación y propicie posiciones que observen a los partidos como dos versiones con matices de lo mismo. No es mi intención decir que eso va a pasar mañana mismo, ni que es irreversible, ni que las consecuencias de esto van a ser necesariamente catastróficas. Sí me interesa, sin embargo, sugerir que es un fenómeno que sería razonable empezar a mirar con alguna inquietud porque podría generar problemas de representación a largo plazo.
Referencias
Andrews, J. y Huang, Y.-S. (2025). Winners, losers, and affective polarization. Party Politics, 31(5), 841–853. https://doi.org/10.1177/13540688241292556
Carlin, R. E. y Love, G. J. (2018). Political competition, partisanship and interpersonal trust in electoral democracies. British Journal of Political Science, 48(1), 115–139. https://doi.org/10.1017/S0007123415000526
Cayota, D. y Urwicz, T. (2024, 21 de septiembre). En un país con "poca grieta", a los votantes de la coalición les gustan menos los del Frente Amplio que viceversa. El Observador. https://www.elobservador.com.uy/nacional/en-un-pais-poca-grieta-los-votantes-la-coalicion-les-gustan-menos-los-del-frente-amplio-que-viceversa-n5961921
de la Cerda, N. (2025). Cueing without parties: Experimental evidence from Peru. Political Behavior, 48(2), 1023–1050. https://doi.org/10.1007/s11109-025-10059-x
Falco, A. (2026, 30 de agosto). Entre descreídos, desinteresados y militancia: el proceso de debilitamiento que viven los partidos en Uruguay. El País. https://www.elpais.com.uy/informacion/politica/entre-descreidos-desinteresados-y-militancia-el-proceso-de-debilitamiento-que-viven-los-partidos-en-uruguay
Falco, A. y Tapia, C. (2026, 22 de marzo). Ignacio Zuasnabar: hay "resignación con la inseguridad" y se encienden "luces amarillas" ante la "antipolítica". El País. https://www.elpais.com.uy/informacion/politica/ignacio-zuasnabar-hay-resignacion-con-la-inseguridad-y-se-encienden-luces-amarillas-ante-la-antipolitica
Iyengar, S., Sood, G. y Lelkes, Y. (2012). Affect, not ideology: A social identity perspective on polarization. Public Opinion Quarterly, 76(3), 405–431. https://doi.org/10.1093/poq/nfs038
Lupu, N. (2016). Party brands in crisis: Partisanship, brand dilution, and the breakdown of political parties in Latin America. Cambridge University Press.
Mainwaring, S. (Ed.). (2018). Party systems in Latin America: Institutionalization, decay, and collapse. Cambridge University Press.
McCoy, J. (2024). Latin America's polarization in comparative perspective. Latin American Politics and Society, 66(2), 161–178. https://doi.org/10.1017/lap.2024.17
Moncagatta, P. y Silva, P. (2024). Recent trends in mass-level ideological polarization in Latin America. Latin American Politics and Society, 66(2), 24–46. https://doi.org/10.1017/lap.2024.13
Montevideo Portal. (2026, 16 de septiembre). "Lo que acabás de hacer es de mala fe": el nuevo cruce entre Oddone y Leo Sarro. https://www.montevideo.com.uy/Pantallazo/-Lo-que-acabas-de-hacer-es-de-mala-fe--el-nuevo-cruce-entre-Oddone-y-Leo-Sarro-uc975479
Moraes, J. A. y Béjar, S. (2024). Affective polarization in Latin America. En M. Torcal y E. Harteveld (Eds.), Handbook of affective polarization (cap. 9). Edward Elgar Publishing, 136-151.
Reiljan, A. (2021). Affective polarization in multiparty systems: Conceptualization, measurement and foundations. Tesis doctoral. European University Institute.
Roberts, K. M. (2014). Changing course in Latin America: Party systems in the neoliberal era. Cambridge University Press.
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Tarillo, M. C. (2025). Not (so) political: Politics, everyday life and stereotypes in Argentina. Tesis doctoral. University of North Carolina at Chapel Hill. https://cdr.lib.unc.edu/concern/dissertations/1g05fs32z
Wagner, M. (2021). Affective polarization in multiparty systems. Electoral Studies, 69, 102199. https://doi.org/10.1016/j.electstud.2020.102199

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