Mejorando la transición de la educación al trabajo: Evidencia sobre Yo Estudio y Trabajo
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Para alguien que todavía está estudiando, un primer empleo puede aportar ingresos y experiencia. Permite aprender habilidades difíciles de adquirir fuera del lugar de trabajo, conocer mejor qué tipo de tareas y empleos existen y contar con una experiencia que un empleador posterior puede observar y valorar. En ese sentido, el primer trabajo podría afectar no solo lo que un joven gana ese año, sino también los empleos a los que puede acceder después.
Pero trabajar temprano también puede tener costos. Si el empleo compite con el estudio, la experiencia laboral puede ir acompañada de menos educación. Y tampoco es evidente que cualquier ventaja inicial en experiencia vaya a durar: quienes empiezan a trabajar más tarde, con el tiempo, también acumulan experiencia.
Un primer empleo mientras se sigue estudiando
Yo Estudio y Trabajo funciona desde 2012 y, en las ediciones que evaluamos, ofreció a jóvenes de entre 16 y 20 años una primera experiencia laboral formal exclusivamente en empresas públicas. Los empleos son de tiempo parcial, duran entre nueve meses y un año y los horarios deben ser compatibles con el estudio. Además, para participar, los jóvenes deben seguir inscriptos en una institución educativa.
Desde su creación en 2012, más de 9.000 jóvenes han participado en Yo Estudio y Trabajo. Y la demanda supera ampliamente los cupos disponibles: en la edición de 2025, 26.618 jóvenes se inscribieron para 751 cupos. Esto sugiere que entre los propios jóvenes existe un interés importante en acceder a una primera experiencia laboral que puedan combinar con sus estudios.
Hay otra característica del programa que resulta particularmente útil para estudiar sus efectos: los puestos se asignan por sorteo. Esto nos permite comparar las trayectorias posteriores de jóvenes que se anotaron al mismo programa y que, al momento de hacerlo, eran similares, pero que tuvieron distinta suerte en el sorteo. Trabajamos con más de 90.000 postulantes a las primeras tres ediciones del programa y utilizamos registros administrativos para seguir sus ingresos laborales formales hasta 7 años después de su participación en el programa.
No partimos de cero. Un trabajo anterior de Thomas Le Barbanchon, Diego Ubfal y Federico Araya (DINAE, MTSS) había estudiado las tres primeras ediciones del programa y había encontrado efectos positivos en los ingresos laborales formales hasta dos años después de su finalización. Pero en ese momento, casi la mitad de los jóvenes seguía estudiando. Nuestra pregunta era qué ocurriría después, cuando prácticamente todos habían completado su transición fuera del sistema educativo y los no participantes habían acumulado experiencia fuera del programa.
Como mencionaba antes, había razones para pensar que los efectos positivos a corto plazo podían desaparecer. Al terminar el programa, quienes no habían sido sorteados también empiezan a trabajar y a acumular experiencia. Si Yo Estudio y Trabajo simplemente adelanta la entrada al mercado laboral, con el tiempo las diferencias entre los participantes y el resto podrían reducirse. Pero también podría ocurrir lo contrario: que empezar con una experiencia formal relativamente buena afecte los empleos que vienen después y que una diferencia inicial termine persistiendo.
Los efectos positivos del programa persisten
Los efectos del programa no desaparecen con el tiempo. Por el contrario, varios años después son incluso mayores que durante los primeros años posteriores a su finalización. Entre el tercer y el séptimo año después del programa, quienes participaron en Yo Estudio y Trabajo tienen ingresos formales anuales, en promedio, entre 10% y 13% mayores que los de jóvenes comparables que no participaron. Siete años después, la diferencia es de aproximadamente 11%. Una parte de esa diferencia se debe a que los participantes trabajan más. Otra, a que ganan más cuando están empleados. También pasan más tiempo en empleos con contratos regulares. Siete años después, trabajan alrededor de 0,6 meses adicionales al año en este tipo de puestos, aproximadamente un 10% más que el grupo de comparación.
Más experiencia sin afectar la educación
Una preocupación natural con este tipo de programas es que el trabajo desplace al estudio. Yo Estudio y Trabajo intenta evitarlo explícitamente: los empleos son de tiempo parcial, los horarios deben ser compatibles con las clases y seguir estudiando es una condición para participar.
Los resultados muestran que el aumento de la experiencia laboral no parece afectar la educación. Siete años después de participar en el programa, los participantes habían acumulado, en promedio, 0,7 años adicionales de experiencia laboral y 0,27 años adicionales de educación. El aumento educativo se debe principalmente a una mayor permanencia en la secundaria en los años posteriores al programa.
Por lo tanto, los participantes acumulan más experiencia y permanecen más tiempo en el sistema educativo. Nuestros cálculos sugieren que ambos canales podrían explicar parte de los efectos sobre los ingresos, aunque no su totalidad.
También encontramos que los mayores ingresos no se concentran en los sectores en los que los jóvenes tuvieron empleo dentro del programa. Con el tiempo aparecen en otros sectores de la economía. Eso es consistente con que al menos parte de lo adquirido en esa primera experiencia sea transferible a otros trabajos.
Hasta acá, el resultado es bastante claro: una experiencia laboral de menos de un año puede tener efectos positivos y persistentes hasta al menos siete años después.
El programa beneficia a hombres y mujeres, pero más a los hombres
Al separar los resultados entre hombres y mujeres, aparece una imagen un poco más atenuada sobre los efectos del programa. En promedio, participar en Yo Estudio y Trabajo mejora los resultados laborales tanto de hombres como de mujeres. La magnitud de los efectos, sin embargo, no es la misma. Entre los años tres y siete posteriores al programa, los ingresos formales anuales de las mujeres que participaron son, en promedio, un 8% mayores que los de mujeres comparables que no participaron. Para los hombres, sin embargo, el efecto es de alrededor del 17%.
Esta diferencia, además, tarda en aparecer. Durante los primeros dos años posteriores al programa no se observaban diferencias estadísticamente significativas en los efectos del programa sobre ingresos para hombres y mujeres. Al extender el seguimiento hasta siete años, la diferencia es clara.
La diferencia no parece explicarse principalmente porque los hombres trabajen más. Entre los años tres y siete, el programa aumenta aproximadamente un 5% el número de meses con ingresos formales de los hombres y alrededor de un 4% el de las mujeres. Donde sí aparece una diferencia clara es en los salarios: el programa aumenta los salarios mensuales de los hombres en aproximadamente un 11%, frente a alrededor de un 4% para las mujeres.
Con los datos que teníamos no pudimos determinar qué explica estas diferencias salariales dentro de los sectores. Podrían reflejar diferencias en las empresas u ocupaciones a las que acceden hombres y mujeres o en su progresión laboral posterior. El hecho de que la diferencia no aparezca al comienzo, sino varios años después, es coherente con que la progresión laboral sea importante, pero no contamos con la información necesaria para distinguir entre estos mecanismos.
Tampoco podemos descartar un papel de las responsabilidades de cuidado. La diferencia entre hombres y mujeres se observa entre tres y siete años después del programa, cuando algunos jóvenes alcanzan edades en las que comienzan a formar familias. La evidencia existente para América Latina y otros contextos muestra que las mujeres dedican considerablemente más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados.
Por ahora, entonces, podemos localizar mejor dónde se observa la diferencia en los efectos del programa por género, pero no identificar completamente por qué ocurre.
La importancia de mirar el largo plazo para evaluar políticas
Hasta acá presentamos los principales resultados del estudio. Al intentar extraer conclusiones más generales, un primer aspecto a destacar es la relevancia del horizonte de estudio. Para entender los efectos de una política, puede ser necesario mirar más allá de los primeros años. Esto es particularmente importante en las políticas dirigidas a los jóvenes. Educación, empleo y otras decisiones importantes todavía están cambiando, y las trayectorias laborales apenas comienzan a tomar forma.
Si solo observáramos los primeros años posteriores a Yo Estudio y Trabajo, podríamos pensar que el principal beneficio del programa es facilitar la entrada al mercado laboral. Siete años después del programa, vemos que los efectos persisten aun cuando quienes no participaron también tuvieron tiempo de conseguir sus primeros empleos y de acumular experiencia. Esto no solo importa para entender las dinámicas laborales, sino también para evaluar la efectividad del programa en relación con sus costos. Si los efectos sobre los ingresos persisten a lo largo del tiempo, los beneficios acumulados pueden superar ampliamente la inversión inicial. En otras palabras, considerar solo los primeros años puede llevar a subestimar significativamente el retorno del programa.
Adicionalmente, algunos resultados solo aparecen con el tiempo. A los dos años no había evidencia clara de que el programa tuviera efectos distintos para hombres y mujeres. Sin embargo, entre los años tres y siete se observan diferencias importantes. Evaluar una política poco después de su finalización puede, por lo tanto, dar una imagen incompleta no solo de cuánto dura su efecto, sino también de cómo se distribuye.
¿Qué nos dice todo esto sobre las políticas de primer empleo?
Nuestros resultados muestran que ofrecer una primera experiencia laboral formal mientras los jóvenes continúan estudiando puede tener efectos positivos que perduran en el tiempo.
Sin embargo, los resultados por género muestran algunos límites de este tipo de programa. Si bien Yo Estudio y Trabajo mejora los ingresos posteriores tanto de hombres como de mujeres, los efectos son considerablemente mayores para los hombres. Ofrecer una primera experiencia laboral similar, por lo tanto, no evita que posteriormente surjan diferencias en sus trayectorias laborales. Si parte de esas diferencias se genera más adelante (por ejemplo, en la progresión salarial, las promociones, el acceso a determinadas empresas o las responsabilidades de cuidado), una política centrada en el primer empleo difícilmente puede resolverlas por sí sola.
También hay que ser cuidadosos al extrapolar estos resultados. Yo Estudio y Trabajo tiene características particulares. Los puestos son formales, relativamente bien remunerados y de tiempo parcial, se ofrecen principalmente en grandes empresas públicas e implican tareas administrativas. Además, continuar estudiando es un requisito del programa. No sabemos si un empleo de menor calidad o difícil de compatibilizar con los estudios produciría los mismos resultados, ni si los empleos en empresas privadas, que se ofrecen desde 2024, generan efectos similares.
Al pensar en políticas de primer empleo, por lo tanto, es probable que importe no solo facilitar la entrada al mercado laboral, sino también las características de esa primera experiencia y su compatibilidad con la educación.
[1] Ministerio de Educación y Cultura (MEC), Informe del estado de la educación en Uruguay 2023-2024. Tomo 1.
[2] Ferrando, Mery, Noemí Katzkowicz, Thomas Le Barbanchon, y Diego Ubfal. De próxima publicación. “The Lasting Effects of Working while in School: A Long-Term Follow-Up.” American Economic Review: Insights. https://doi.org/10.1257/aeri.20250426
[3] Las diferencias por género entre sectores las exploramos en mayor detalle en una nota de política reciente junto con Diego Ubfal: Work-Study Programs Improve Young Women's Long-Term Labor Market Outcomes. Latin America and Caribbean Gender Innovation Lab, World Bank Group.

Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.
