Uruguay en la hora mundial de la derecha
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El otro día volvía a mi casa en el 175 y no pude resistir la tentación de chusmear, parado en mitad del ómnibus, lo que una señora sentada leía en una tablet del tamaño de una cuadernola. No fue difícil, dada la ostentosa posición con la que la señora sostenía su tablet. El libro en cuestión era “Las fuerzas armadas al pueblo oriental”, un texto de 1976; el capítulo: “propaganda comunista”.
Hace diez años no hubiera dudado que
se trataba de una historiadora, que repasaba aquel texto con curiosidad
académica. El otro día tuve una sensación diferente: sentí que la señora estaba
leyendo el texto de la dictadura como una fuente razonable de ideas.
Para distraerme me puse a ver el
celular. El algoritmo, que todo lo escucha y todo lo percibe, me puso en
pantalla tres videos al hilo: uno de Trump, otro de Milei, otro de Kast. Miré
el celular, miré la tablet, miré el celular. Sentí que una revelación se
presentaba frente a mí, similar a la que tuvo Newton cuando, al pegarle la
manzana en la cabeza, se le ocurrió que la misma ley que regía la caída de la
fruta debía explicar el movimiento a los cuerpos celestes. ¿Hay acaso una
fuerza superior que empuja al mundo en una dirección, y en su movimiento
arrastra también a Uruguay?
Sudamérica: el péndulo que marca la
hora de la derecha
Para llevar a números este intangible
clima de época, actualicé un gráfico que había armado hace un par de años. El
gráfico muestra el movimiento pendular de la orientación ideológica de los
gobiernos sudamericanos en las últimas cuatro décadas, de derecha a izquierda,
de izquierda a derecha.
Hace cuarenta años, el péndulo de la
democracia se lanzó desde el lado derecho, bajo la moda neoliberal del consenso
de Washington y la caída del muro de Berlín. Atravesó en movimiento la década
del noventa para llegar, en los albores del nuevo siglo, al otro extremo, en lo
que se conoció como “la marea rosa”.
La marea rosa comprendió una década
que incluyó a Tabaré Vázquez y José Mujica, Néstor Kirchner y Cristina
Fernández, Evo Morales, Lula y Dilma Rousseff, Michelle Bachelet, Rafael
Correa, Fernando Lugo, Ollanta Humala, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. La izquierda
estaba de moda y gobernaba en toda Sudamérica.
Allá por 2015 el péndulo desaceleró y
comenzó su vuelta, ingresando en la década de la alternancia. Los oficialismos
perdían sistemáticamente, en un extendido y sudamericano ping pong entre
izquierda y derecha. Así llegamos al día de hoy, con el péndulo nuevamente en
un extremo, con nombres como Javier Milei, José Antonio Kast, Daniel Noboa,
Abelardo de la Espriella o Keiko Fujimori en la presidencia de los países
sudamericanos.
Así las cosas, el año 2026 puede
terminar con dos escenarios posibles. El primero es que en Brasil gane Lula en
octubre y sea presidente por cuarta vez, lo que dejaría dos gobiernos de
izquierda en Sudamérica. El segundo es que pierda, dejando al Frente Amplio
como el único partido de izquierda en el gobierno, la aldea de Asterix y Obelix
en la resistencia gala. En cualquiera de los dos escenarios, 2026 será el año
con la menor proporción de gobiernos democráticos de izquierda del siglo XXI.
Uno o dos, no más.
Hay quien matiza esta idea planteando
que en realidad la caracterización correcta de la actualidad sudamericana sigue
siendo la alternancia, la pérdida de los oficialismos con independencia de su
signo ideológico. Que esta situación de vuelco a la derecha es casual, que las
elecciones de Perú y Colombia fueron muy reñidas.
Creo que este enfoque contiene parte
de la verdad, pero no toda. Porque el movimiento del péndulo no sólo refiere a
la proporción de gobiernos de derecha, sino también a la intensidad con la que
se afirma la posición ideológica.
Observemos la diferencia entre los
gobernantes de derecha de la primera y la segunda ola de derecha. En Argentina,
Macri hablaba de “gradualismo” y del “sinceramiento” de tarifas; Milei plantea
que “el Estado es una organización criminal” y que “la justicia social es una
aberración”. En Brasil, Temer administraba con el lenguaje de la
“responsabilidad fiscal” y de “modernizar” las leyes laborales; Jaír Bolsonaro
dijo preferir un hijo muerto que homosexual y dedicó su voto por el impeachment
de Dilma a la memoria de su torturador. Su hijo Flávio Bolsonaro, al lanzar su
candidatura presidencial prometió, entre lágrimas, honrar el legado paterno y
dejar que sea su padre –actualmente preso por liderar un intento de golpe de
estado– quien le coloque la banda presidencial. En Chile, Piñera sostenía un
discurso de estabilidad y meritocracia, y declaró haber votado “No” en el
plebiscito que pretendía continuar la dictadura de Pinochet; Kast dice
“Pinochet votaría por mí”, prometió expulsiones masivas y un muro en la frontera.
En Colombia, Duque hablaba de “seguridad democrática” y “emprendimiento”; De la
Espriella dice “a esta plaga sarnosa de los zurdos hay que tratarlos como
enemigos” y se saca fotos caminando entre cadáveres.
El mundo: crisis del multilateralismo
y el derecho internacional
¿Qué pasa con el resto del mundo? Si
bien el eje izquierda-derecha es más difuso, podemos identificar algunas
tendencias.
En la última cumbre entre las dos
potencias mundiales, Xi Jinping le dijo a Trump, con elegancia milenaria, algo
brutal: que tenían que evitar caer en la trampa de Tucídides. Esta trampa es un
fenómeno definido por el politólogo estadounidense Graham Allison, quien
identificó que cuando un imperio sucede a otro, en general hay una guerra. O
sea, Xi Jinping dijo dos cosas: primero, “se terminó su imperio, ahora viene el
nuestro”; segundo, “no entremos en una guerra entre nosotros”.
Por suerte –toco madera– el mundo no
está en una guerra mundial. Sin embargo, hay guerras. Primero, la guerra
tradicional: actualmente hay más conflictos interestatales activos que en
cualquier momento desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.1 Segundo, la guerra comercial: las tarifas comerciales impuestas por Estados
Unidos son las más grandes desde la gran depresión de 1930 (el péndulo es
también intensidad; el segundo Trump no es igual al primer Trump).
La solución a los problemas globales y disputas entre naciones mediante organismos supranacionales y derecho internacional cotiza a la baja; el multilateralismo está en crisis. En latinoamérica vivimos el corolario Trump de la doctrina Monroe. Entre el río Bravo y la selva del Darién, si bien la izquierda gobierna en países como México y Guatemala (en donde, como un chiste de excepcionalidad, el presidente es uruguayo), el presidente más famoso y ejemplo para muchos es Nayib Bukele, conocido por su radical estrategia de seguridad. En Europa, hace dos meses El País de Madrid titulaba “A principios de siglo, casi el 70% de los ciudadanos de la Unión Europea vivía bajo primeros ministros de la órbita socialdemócrata; hoy, esa cifra se limita al 10%”. Esta semana la ultraderecha alemana logró una victoria histórica en las elecciones del estado alemán de Sajonia-Anhalt, situado en el este del país, quedando a las puertas de gobernar un estado alemán por primera vez desde el Tercer Reich.
En la dimensión cultural, la izquierda
norteamericana hace una década utilizaba el término “woke” como símbolo de lucha contra el racismo,
extendiéndose luego para abarcar temas como la desigualdad de género y los
derechos de personas LGTB. Hoy en día el término “woke” se dio vuelta, es usado
mayoritariamente por la derecha norteamericana, de forma peyorativa, como burla
frente a una tendencia izquierdista que debe ser combatida.
Uruguay: una derecha que abre las alas
Hace una década Conrado
Hughes, de los pocos autodefinidos de derecha en esa época, decía "en Uruguay, la izquierda logró ponerles tantas tachaduras a
la derecha, que nadie se anima a decir que es de derecha". Circulaba en
ese momento un aforismo que separaba a las personas en dos tipos: los que se
decían de izquierda y los que decían que no existía la izquierda y la derecha
(o sea, los de derecha). Tal era la victoria cultural de la izquierda.
Hace unas semanas el diputado blanco
Juan Martín Rodríguez resumía un cambio: “Ya la derecha no es mala palabra.
Entonces ahora le ponen un adjetivo, un apellido, 'derecha violenta'. Porque ya
'derecha' no es mala palabra, porque se percibe que esas ideas tienen más
aceptación, sobre todo en los jóvenes.”
Sin embargo, y esto es bien
interesante, el principal líder de la derecha uruguaya no se planta sobre una
línea dura. Por el contrario, en su último discurso público Luis Lacalle Pou
hizo un discurso generalista, fuera de la coyuntura, elíptico, autodefiniéndose
como “profundamente humanista”. Lejos de acercarse a las formas de Milei, Kast
o de la Espriella, se reafirmó retóricamente en la derecha de la primera ola.
Por tanto, la derecha uruguaya no se
esquina, sino que abre las alas, hacia la derecha y hacia el centro. Todavía
sobre la base de los partidos tradicionales no tiene, por el momento, un nuevo
partido o outsider que le compita por derecha.
***
En este mundo, en esta Sudamérica y en
este Uruguay, la izquierda uruguaya encara su cuarto gobierno. Múltiples
discusiones la atraviesan, en un contexto de baja aprobación gubernamental,
discusiones sobre la gestión, sobre la comunicación y sobre las políticas que
desarrolla o que debería desarrollar. Entre restricciones fiscales y minoría
parlamentaria desde la primera hora, tiene dificultades para concretar en el
presente e infundir esperanza sobre el futuro.
En cualquier caso, más allá del peso
relativo de cada uno de estos elementos, creo que ningún diagnóstico –y por
tanto ninguna línea de acción– resultará acertada si olvidamos el marco en el
que vivimos actualmente. Si olvidamos que en este momento estamos atravesando
la hora mundial de la derecha.
1. El
documento elaborado para el congreso del Frente Amplio de octubre es un
excelente documento con muchos elementos de diagnóstico, allí encontré
referenciados un par de documentos que sostienen este clima de guerra.
Stockholm International Peace
Research Institute: Unprecedented rise in global military expenditure as
European and Middle East spending surges (2025).
https://www.sipri.org/media/press-release/2025/
unprecedented-rise-global-military-expenditure-european-and-middle-east-spending-surges
Institute for Economics &
Peace. Global Peace: Identifying and Measuring the Factors that Drive Peace,
Sydney (2025). http://visionofhumanity.org/resources

Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.