Chamarrita de las empresas
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De
Horacio Rueda
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Mientras escribo esta columna, en Uruguay se discute la unificación de los apoyos estatales a niños, niñas y adolescentes. Es una buena discusión, y una posible porque el país tiene mucho acumulado: décadas de evaluaciones de impacto, de discusión técnica sobre diseño de programas sociales y de evidencia acerca de qué funciona y qué no a la hora de transferir recursos a los hogares.
De lo que sabemos relativamente menos es del otro lado del mercado de trabajo: las empresas. Cómo se crean, cómo se destruyen, quiénes las crean, qué características explican que una empresa tenga mayores probabilidades de sobrevivir, de crecer, de o adoptar tecnología. En Uruguay necesitamos seguir acumulando evidencia para entender mejor cómo las decisiones de las empresas repercuten en salarios, en los niveles de ocupación y en la informalidad. Existe investigación dedicada a estos temas, desde luego, pero todavía queda mucho por conocer.
Entender el rol de las empresas en el proceso de desarrollo económico me parece, entonces, primordial. Y lo es por al menos dos motivos distintos. El primero tiene que ver con el emparejamiento que se genera en el mercado de trabajo: cómo trabajadores productivos terminan, o no, empleados en empresas productivas, y qué es lo que explica ese enlace. El segundo, y que considero aún más importante, tiene que ver con las decisiones a futuro que ese entramado empresarial habilita o desalienta. Es razonable pensar que, si en Uruguay hubiera más y mejores empresas, más productivas, que inviertan en innovación y en adopción de tecnología, eso podría cambiar las decisiones de quienes hoy están definiendo si estudiar o no, de quienes evalúan si desarrollar una carrera dentro de una empresa o buscar trabajo en otras, o de quienes tienen una carrera o experiencia laboral y están decidiendo si emigrar o quedarse en el país. Son todas decisiones que las personas toman hoy, con la información y las expectativas que tienen hoy acerca de lo que les espera en el mercado de trabajo. Si ese entramado empresarial mejora, es razonable esperar que también cambien con el tiempo esas decisiones que hoy parecen desconectadas.
Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa
Lo que sigue es un análisis muy preliminar, inspirado en una presentación de la economista Marcela Meléndez, aunque adaptado al caso uruguayo y con varios caveats propios en el que trato de observar cómo algunas características de las empresas, en particular su tamaño, se asocian con salarios e informalidad. Insisto en el adjetivo "preliminar": lo que sigue son asociaciones, no estimaciones causales, y las presento con esa cautela. Empiezo por dos gráficos que ordenan a las personas según el ingreso del hogar en el que viven, antes de analizar directamente el tamaño de la empresa donde trabajan, que es, en definitiva, el hilo conductor de toda la columna. Todo el análisis de esta columna está basado en la Encuesta Continua de Hogares 2025.
Gráfico 1. Situación en el empleo por decil de ingreso per capita del hogar
El primer gráfico desagrega la categoría ocupacional en cada uno de los diez deciles de ingreso per cápita del hogar. Acá hay dos lecturas importantes que quisiera destacar. En cada uno de estos deciles hay la misma cantidad de personas, aproximadamente 350.000 personas, pero los hogares más pobres cuentan con menos ocupados. Mientras que en el primer decil hay poco más de 100.000 ocupados, en los hogares más ricos los ocupados son más del doble. En otras palabras, hay menos personas que están ocupadas y más personas dependientes en los hogares más pobres.
La segunda lectura creo que también es contundente: la informalidad conjunta de cuentapropistas y asalariados pasa de 64,7% en el decil más pobre a apenas 4,0% en el más rico. Dentro de esa informalidad cambia también su composición: en el decil 1, corresponde sobre todo a cuentapropistas (46,5 de esos 64,7 puntos), con menor peso de asalariados informales (18,2 puntos); en el decil 10, lo poco que queda de informalidad (4,0%) está repartido de forma mucho más pareja entre ambos grupos. El asalariado formal crece de manera sostenida, de 28,9% en el decil 1 a un máximo de 74,6% en el decil 9, pero baja levemente a 71,6% en el decil 10 porque ahí gana terreno otra categoría: la de los patrones. La proporción de ocupados que son empleadores con personal a cargo sube de apenas 0,3% en el decil más pobre a 8,2% en el más rico.
Esa misma fotografía también cambia, y de forma muy parecida, según el tamaño de la empresa donde trabaja cada persona, que es la variable en la que quiero concentrarme durante el resto de esta columna.
Gráfico 2. Ocupados por tamaño de empresa
El segundo gráfico muestra el tamaño de la empresa donde trabaja cada persona ocupada, otra vez por decil de ingreso del hogar. El patrón más claro es el de los extremos: la microempresa (de una a cuatro personas) emplea al 71,7% de los ocupados del decil más pobre y solo al 24,5% de los del más rico; la empresa grande (100 o más) hace el camino inverso, de 8,6% a 52,5%. Lo que llama la atención es que el tramo intermedio no se mueve de la misma manera: las empresas pequeñas (de 5 a 19 personas) representan entre el 13% y el 18% del empleo en casi todos los deciles, sin una tendencia clara, y las medianas (de 20 a 99 personas) pasan de 6,5% en el decil 1 a un rango que se estabiliza entre 12% y 15% a partir del decil 4, sin seguir subiendo después. Dicho de otra manera: lo que separa a los deciles de ingresos altos de los bajos no es tanto el acceso a la empresa mediana, sino específicamente el acceso a la empresa grande.
¿Qué hacer con estas asociaciones? Acá es donde quiero ser especialmente cuidadoso, porque hay al menos dos lecturas posibles y no tengo forma, en este ejercicio y con los datos de los que dispongo, de distinguir entre ellas. Una lectura es la del sorting: los trabajadores más productivos, por la razón que sea: más experiencia, mejor formación no observada, mejores redes o hinchas de Nacional (más inteligentes), terminan empleados en las empresas más grandes y productivas, y lo que observamos en salarios e informalidad refleja principalmente quién termina trabajando dónde, no qué les hacen las empresas a sus trabajadores. La otra lectura es más estructural: hay algo específico de operar a mayor escala, acceso a crédito, capacidad de absorber los costos fijos de la formalización, poder de negociación con proveedores y clientes, que efectivamente mejora los resultados laborales de quien trabaja ahí, independientemente de quiénes sean. Lo más probable es que ambos mecanismos convivan, en proporciones que este análisis todavía no permite separar para el caso uruguayo.
No te olvides que hay otros pobres
Todo esto lleva a una pregunta sobre la estructura: ¿qué tan parejo o desparejo es, en general, el tamaño de las empresas uruguayas? El último gráfico intenta responder eso, y merece una explicación más detallada porque sintetiza buena parte del argumento.
Lo que hice fue tomar la participación del empleo en cada uno de ocho tramos de tamaño de empresa, desde 1 persona hasta 200 o más, y ajustarles una distribución de Pareto: una familia de distribuciones que los economistas usan para describir cómo se reparte una magnitud (el ingreso, la riqueza, el tamaño de ciudades, o el tamaño de empresas) cuando está dominada por unas pocas unidades muy grandes que conviven con una masa de unidades muy pequeñas. Los detalles técnicos exceden el propósito de esta columna, pero la intuición es la siguiente: si la productividad de las firmas siguiese una distribución determinada, ¿en qué tramos del tamaño de empresas parecería haber mayor o menor acumulación respecto a lo que cabría esperar?
Mirando el siguiente gráfico, lo que resulta más interesante es observar dónde falla el ajuste. La curva de Pareto subestima sistemáticamente dos cosas: el peso de las empresas de una sola persona (16,2% ajustado contra 24,9% observado) y el de las empresas de más de cien empleados (25,9% ajustado contra 28,1% observado). En cambio, sobrestima el peso de las empresas de entre dos y menos de cien empleados. Es decir, habría más autoempleo puro del que "debería" haber si el tamaño de las empresas siguiera un proceso continuo y suave, y hay más empleo concentrado en empresas grandes del que "debería" haber, con un hueco relativo justo en el tramo de las empresas chicas que ya tienen algunos empleados. Ese hueco es, me parece, una versión más precisa de la idea de que "faltan empresas medianas": no es que falten en términos absolutos, sino que el proceso de crecer de una unidad muy pequeña hasta una mediana parece tener más fricciones de las que tendría si el tamaño de las empresas se explicara solo por un proceso suave de crecimiento.
Gráfico 3. Participación en el empleo por tamaño de empresa. Datos vs. Modelo.
Fuente: elaboración propia en base a ECH.
En el siguiente gráfico muestro, de una forma un poco más intuitiva, las diferencias entre lo que se observa en los datos y lo que predice el modelo para cada uno de los distintos tamaños de empresas. Los valores por encima de la línea horizontal indican que habría más empleo de lo que el modelo predice. En cambio, valores por debajo de cero indican que cabría esperar una mayor participación en el empleo total para dicho tramo de tamaño de empresa.
Gráfico 4. Diferencias en participación en el empleo. Datos vs. Modelo.
Fuente: elaboración propia en base a ECH.
Si esa lectura es correcta, comprender mejor por qué a las empresas uruguayas les cuesta atravesar ese tramo y no solo por qué son pequeñas en general, parece un punto de partida útil. Si logramos entender mejor esas barreras, podríamos generar insumos para diseñar políticas que favorezcan el crecimiento de las empresas y, en consecuencia, mejoren las oportunidades que enfrentan las personas en el mercado de trabajo.
* Agradezco a Paula Pereda por comentarios y sugerencias.

Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.



