Abolir la herencia (o mejor, socializarla)
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En
2018, el entonces Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y hoy director
de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Rodrigo Arim, publicó una “defensa
del impuesto a las herencias”.
En ella, además de discutir aspectos técnicos del diseño de un impuesto de esa
naturaleza, ensayaba un argumento conceptual en el que ubicaba a la herencia
como un problema social. Es una discusión importante, que complementa a la de
estos días sobre la mal llamada pobreza infantil, poniendo el foco en su
contracara, que podríamos también mal llamar la riqueza infantil[i] o,
al menos, el problema de la “demasiada desigualdad en el punto de partida” de la
que nos advertía hace poco más de 100 años Carlos Vaz Ferreira (Carriquiry,
2018). Poco menos de una década después
de la columna de Arim, hoy tal vez podamos intentar algo más que una defensa
conceptual. Hemos aprendido mucho sobre la herencia en este tiempo.
Hay
ciertamente muchos mecanismos que juegan en lo que a veces llamamos
reproducción intergeneracional de la desigualdad. Padres y madres pueden
transmitir valores y hábitos distintos, ofrecer entornos culturales diferentes,
dar oportunidades de formación heterogéneas y brindar acceso a redes de
contactos e influencia que alteran profundamente la trayectoria vital de hijos
e hijas. De todos estos mecanismos, el más obvio y directo, es el de la herencia: una transferencia directa de
activos de una generación a la siguiente.
Así
pensada, no es algo malo. A nivel de la sociedad en su conjunto, la herencia no
es otra cosa que el resultado del trabajo de una generación, pero no consumido
por ésta, que es transferido a la siguiente, para que empiece desde un escalón
más arriba. El problema es que, esto que tiene sentido y hasta una cierta
belleza a nivel colectivo, se distorsiona cuando consideramos que esta transmisión
opera esencialmente por vía de sangre, como los viejos títulos nobiliarios. El
problema, como en casi todo, no es la herencia, sino la forma en que se
distribuye; es que nacer en una familia y no en otra no solo te ubica en un
cierto barrio, contexto social o exposición a la violencia, sino que implica,
para algunos, nacer sabiendo que tienen o tendrán 500 mil dólares a favor. O
uno, o varios millones. No es extraño, por tanto, que la abolición (o casi) de
la herencia haya formado parte de plataformas revolucionarias o de reformismo
radical en todo el mundo, desde el manifiesto comunista hasta las propuestas de
reformismo radical como las de Anthony Atkinson o Thomas Piketty en la
actualidad.
Pero
más allá de intuiciones preliminares, valen varias preguntas importantes, en
particular: ¿es la herencia un mecanismo de transmisión intergeneracional de la
riqueza relevante en la actualidad?
Los herederos de Forbes
Cuando
se discute sobre herencia, un argumento que se usa frecuentemente es el dato de
los herederos entre los mil-millonarios. En la clasificación que hace Forbes de los mil-millonarios, un 10-12%
son herederos puros, en tanto que 20-21% son personas que han incrementado
sustantivamente una riqueza inicial que era esencialmente heredada. Así,
aproximadamente un tercio de los mil-millonarios deberían su fortuna, en esencia,
a la herencia. El porcentaje vino bajando hasta 2014, desde un pico 51% en
2001, y luego se estabilizó. Dentro del nuevo grupo de los centi-mil
millonarios, que existe hace apenas unos años y que está integrado por unas
veinte personas, aparecen Alice, Jim y Rob, hija e hijos del fundador de Walmart, y Françoise Bettencourt, la
nieta del fundador de L’Oréal. Y entre los emprendedores self-made, está por ejemplo Bernard Arnault, que compró Dior con
quince millones de dólares del negocio de construcción de su padre.
Hay
que hacer tres apuntes sobre esto. El primero es que las clasificaciones que
hace Forbes son al menos discutibles,
y muy sensibles a los criterios sobre qué es self-made y qué no, porque salvo
las hermanas Hilton o algunos miembros de la familia Rockefeller, nadie hace
alarde de ser heredero y todos intentan crear una narrativa de auto-superación.
El segundo es que no es raro que haya oscilaciones en la proporción de
herederos entre los ricos. En su colosal obra sobre los ricos en occidente, Guido
Alfani (2023) recorre las formas de acceder a la riqueza al menos desde el
siglo XII, y encuentra ciclos en los que en períodos de innovaciones tecnológicas
surgen nuevos individuos ricos, que se transforman rápidamente en dinastías de
herederos (podemos pensar en los comerciantes genoveses o en los robber barons de Estados Unidos del
siglo XX). No sería extraño que los self-made
de hoy en plena revolución tecnológica, sean los primeros de una dinastía
heredera en pocos años. Y como tercer apunte, que aun un tercio de los
mil-millonarios sean herederos es muchísimo, y deja mal parada a la narrativa
de capitalismo de emprendedores que muchos aún sostienen.
Más
allá de la discusión a partir de las “listas de ricos” como la de Forbes, y las dudosas clasificaciones
entre herederos y self-made que de
ellas resultan, caben dos preguntas más precisas: (i) ¿cuánta herencia hay?, y
(ii) ¿cómo incide en la distribución de la riqueza?
La herencia total
Responder
cuánta herencia hay (entendiendo herencia como los legados a la siguiente
generación al momento de la muerte, pero también los “regalos” o transferencias
patrimoniales inter-vivos entre
generaciones) es bastante difícil, y la respuesta fue muy controversial por
mucho tiempo. Desde el punto de vista teórico, la economía no ofrecía una
conclusión clara sobre qué esperar de la herencia, porque individuos racionales
y con perfecta información deberían acumular a lo largo de la vida activa para
luego des-acumular tras la edad de retiro de modo de sostener su consumo en
ausencia de ingresos, llegando a la muerte sin riqueza (el llamado “modelo de
ciclo de vida”); aunque modelos posteriores, con supuestos menos rígidos,
pusieron en duda esta predicción.[ii]
Dado
este panorama, la pregunta de cuánta herencia hay solo tendría una respuesta
empírica, que fue justamente el corazón de la pomposamente llamada
“controversia Modigliani-Kotlikoff-Summers” de la década de 1980. En ella, se
disputaban dos narrativas: Modigliani sostenía, fiel al modelo del ciclo de
vida, que la herencia debía ser cero o muy cercana a cero. En el extremo polar
opuesto, Kotlikoff y Summers sostenían que la herencia representaba la mayor
parte de la riqueza existente. Ambos bandos presentaron mediciones de lo que se
conoce como el stock de herencia, es
decir, qué proporción de la riqueza total de una sociedad fue heredada de una
generación anterior, siendo el resto la parte acumulada por la generación de
personas vivas. Las estimaciones presentadas por Modigliani indicaban que la
herencia era 0-10% de la riqueza total, en tanto que Kotlikoff y Summers
sostenían que era 90-100%. Lo increíble de la controversia era que ¡a ambas
estimaciones se llegaba empleando los mismos datos! La razón de esta dramática
diferencia es algo engorrosa, pero en esencia dependía de qué supuesto se hacía
con relación a qué hacían las personas con la herencia recibida: si la
consumían inmediatamente o si la invertían completamente (generando un retorno
que la incrementaba con el tiempo).
Traigo
a cuento esta controversia porque, como en tantas otras, su larga sombra nos
sigue envolviendo, ignorando que la literatura ha avanzado mucho. ¿Qué sabemos
hoy? La literatura de agregados de herencia tuvo un empuje notable en la década
de los 2010, con un conjunto de artículos que vinieron a saldar el debate
empírico. La conclusión, para sorpresa de nadie, es que el stock “verdadero” de
herencia, se encuentra en algún lugar en el medio, aunque más cercano a la
estimación de Kotlikoff y Summers. Las estimaciones más recientes para varios
países ricos, suelen ubicar al stock de herencia en torno a 50-60% de la
riqueza total (Piketty et al., 2014; Alvaredo et al., 2017; Ohlsson et al.,
2020). Es decir, más de la mitad del patrimonio privado que observamos, fue
acumulado por generaciones anteriores. Hay otra forma de pensar la herencia
total, que no era el centro del debate Modigliani-Kotlikoff-Summers pero que es
útil, que es el llamado “flujo de herencia”. Este flujo, en lugar de ser la
cantidad total de herencia en relación a la cantidad total de riqueza, es la
cantidad de herencia que se deja cada año (la suma de todas las herencias de
las personas fallecidas) en relación al PIB, y suele encontrarse en la
actualidad en 10-12% en los países ricos (Piketty, 2011; Schinke, 2012;
Karagiannaki, 2015; Atkinson, 2018).
Este
flujo es importante en la medida que el stock total
de herencia no es otra cosa que la acumulación en el tiempo de este flujo. Ambas
se vinculan de formas relativamente sofisticadas, pero una forma muy
simplificada de pensar en ambas variables al mismo tiempo es que el stock
equivale al flujo, multiplicado por el largo de una generación, dividido el
stock de riqueza de la economía (expresado en relación al PIB). Así, y solo a
los efectos de entender los órdenes de magnitud involucrados en este tipo de
cuenta de almacenero, si el flujo de herencia es 10%, una generación tiene 30
años de duración, y el stock de riqueza de la economía equivale a 5 veces el
PIB, entonces el stock de herencia será 60%[iii].
¿Sabemos
algo sobre Uruguay? Aún muy poco, y todas las estimaciones que tenemos son todavía
preliminares, pero la evidencia apunta a órdenes de magnitud similares a los
que veníamos discutiendo. En un proyecto financiado por el Fondo Clemente
Estable de la ANII[iv],
estamos realizando un conjunto de estimaciones de flujo de herencias, a partir,
fundamentalmente, de datos del Impuesto a las Transmisiones Patrimoniales, que
grava (entre otras cosas) a las sucesiones. Alternativamente, usamos también
datos pegados de la Dirección General de Registros y Dirección Nacional de
Catastros, donde podemos contar con propiedades individuales al momento de
fallecer, (además de registros de recaudación de impuesto a las herencias para
buena parte del siglo XX). Ambos tipos de datos para el período reciente,
arrojan un flujo de herencias de aproximadamente 6-8%. Volviendo a nuestra
cuenta de almacenero, si el stock de riqueza de Uruguay es tres veces y media
su PIB, y el flujo de herencias es 6-8%, entonces el stock de herencias es
aproximadamente 60% de la riqueza total[v].
Es decir: estas estimaciones sugieren que más de la mitad de la riqueza privada
uruguaya no fue acumulada por la generación actual, sino por las pasadas.
La herencia y la distribución de la
riqueza
La discusión precedente sin embargo no
nos dice nada, en principio, sobre cómo incide la herencia en la distribución
de la riqueza. Uno puede intuir que a mayor cantidad de herencias en una
economía, más éstas van a incidir en la distribución de la riqueza, pero si
esto es efectivamente así o no, es una pregunta empírica. Algunos trabajos
encuentran evidencia mixta del efecto que tiene la herencia sobre la
distribución de la riqueza. En general, éstos se basan en encuestas de
riqueza, que son notoriamente malas para
capturar lo que pasa en los hogares más ricos, que es donde se da el grueso de
la acción (Nolan et al., 2021). La evidencia basada en datos administrativos,
en cambio, tiende a mostrar que la herencia constituye un mecanismo central de
persistencia y concentración patrimonial. Para Suecia, Adermon et al. (2018)
estiman que entre el 30 y el 40% de la ubicación en el ranking de riqueza de
los hijos viene dada por la ubicación de los padres[vi],
y concluyen que las herencias y donaciones explican al menos la mitad de esa
asociación, frente a alrededor de una cuarta parte explicada por ingresos y
educación. Trabajos como los de Nekoei y Seim (2023), también para Suecia,
muestran que si bien las herencias pueden reducir inicialmente la desigualdad patrimonial,
el efecto se revierte en aproximadamente una década: mientras los herederos
promedio consumen progresivamente lo recibido, los herederos más ricos, que
tienen mecanismos para invertir la herencia a tasas de retorno muy elevadas, la
conservan e incrementan, incrementando la desigualdad (algo similar a lo
observado por Boserup et al. (2016) para Dinamarca).
Para Uruguay, aun usando encuestas de
riqueza, Sanroman y Santos (2021) encuentran que las variables de herencia
explican alrededor de 15% de la varianza de la riqueza —más que cualquier otra
característica considerada por separado— y que cerca de 19% de los hogares
heredó su vivienda principal. Empleando los mismos datos, en su tesis de
maestría Cuervo (2026) encuentra que la herencia se asocia positivamente con la
riqueza y que esa asociación se vuelve mucho más intensa en hogares más ricos,
tanto por la probabilidad de haber heredado como por el monto recibido, un
patrón consistente con un papel desigualador de la transmisión patrimonial.
Más allá del mecanismo de la herencia
propiamente dicha, un cuerpo sustancial de evidencia muestra que hay alta
persistencia intergeneracional de la riqueza o, dicho más llanamente, que
padres y madres ricos tienden a tener hijas e hijos también ricos. Y lo mismo
el resto de nosotros. La evidencia disponible para países ricos muestra persistencias
muy altas (con “elasticidades padre-hijo” generalmente en el entorno de 0,2–0,4
y asociaciones rank–rank cercanas a 0,3[vii]),
aunque sustancialmente mayores en los extremos de la distribución (Gregg &
Kanabar, 2023; Boserup et al., 2013, 2014; Adermon et al., 2018; Kubota, 2017;
Garbinti & Savignac, 2020; Levell & Sturrock, 2023; Pfeffer &
Killewald, 2018). La evidencia multigeneracional muestra además que la
asociación se atenúa pero no desaparece entre abuelos y nietos, sugiriendo que
las estimaciones a dos generaciones pueden subestimar la persistencia de largo
plazo (Adermon et al., 2018; Boserup et al., 2013, 2014; Pfeffer &
Killewald, 2018; Toney, 2022). En un proyecto aún en curso para Uruguay, donde
tenemos estimaciones preliminares de riqueza en una base de datos
administrativos donde podemos identificar padres/madres-hijos/as, encontramos este
mismo patrón de alta persistencia de la riqueza que, en particular, crece
dramáticamente conforme nos movemos a individuos cada vez más ricos[viii].
La persistencia de la riqueza en el
(muy) largo plazo
Pero al estudiar la
persistencia de la riqueza, lo que pasa entre una o dos generaciones es
limitado, porque hay razones para pensar que puede operar en plazos mucho más
prolongados. El problema con los períodos extensos es que no suele haber
registros que vinculen directamente a personas del presente, y toda su riqueza
con la riqueza de sus, por ejemplo, tátara-tarara-abuelos. Sin embargo, hace
algo más de una década, apareció una idea novedosa, cuya esencia es simple: si
bien no hay registros de familiares a lo largo del tiempo, sí puede haber
registros de individuos o familias, con su riqueza, en el que se conserven los
apellidos. Naturalmente, dos personas con igual apellido pueden estar
directamente emparentadas o no, pero la esencia del método es que la probabilidad
de que dos personas con el mismo apellido estén efectivamente emparentadas
crece conforme crece la rareza del
apellido (Clark & Cummins, 2015; Clark et al., 2015, 2017). Así, que dos
“Rodríguez”, con 295.508 registros desde
1902, estén efectivamente emparentados, es mucho menos probable que dos
“Wuick”, que solo tiene 16 registros en más de un siglo, lo estén. Entonces, si
comparamos la riqueza de personas con igual apellido en momentos muy distantes
del tiempo, y esos apellidos son raros [ix],
podemos decir algo sobre la persistencia intergeneracional. Una posible
hipótesis es que los apellidos que estaban ubicados entre los más ricos de
cierto momento del tiempo, continúen siendo los más ricos en el presente (y
viceversa).
Un trabajo particularmente
importante de esta línea, es el de Barone y Mocetti (2021), que vinculó el
censo de Florencia de 1427 con registros tributarios de 2011. Aunque habían
transcurrido casi seis siglos, encontraron que los apellidos ricos del
Renacimiento seguían asociados con mayores ingresos y, sobre todo, con mayor
riqueza en la actualidad. Este dato no es para nada menor, porque aún si
asumiéramos que hay persistencias relativamente altas entres dos generaciones
consecutivas, el efecto acumulado a lo largo de seis siglos debería ser
prácticamente cero[x].
Encontrar un efecto positivo y significativo después de tanto tiempo, viene a
significar que la persistencia entre cada par de generaciones es mucho más alta
de la que creíamos.
En el marco del mismo
proyecto de ANII mencionado más arriba, nos propusimos hacer algo similar a lo
hecho en Florencia, para Uruguay. Nuestro trabajo combina los llamados “inventarios
post mortem”, que son registros de las propiedades de las personas al momento
de morir, de Montevideo y sus alrededores entre 1760 y 1860 con registros
contemporáneos de propiedades de personas fallecidas entre 2007 y 2015,
construidos en base a datos de la Dirección General de Registros y la Dirección
Nacional de Catastro. A partir de los apellidos presentes en ambos períodos,
estimamos si las familias (de apellidos raros) que ocupaban posiciones
relativamente altas hace casi dos siglos continúan haciéndolo hoy. Los
resultados indican una persistencia estadísticamente significativa incluso después
de unas ocho generaciones. Los coeficientes para todo el período son positivos
y significativos, con una altísima persistencia implícita entre dos
generaciones, de 0,66-0,74. Nuevamente, esto nos da una idea de cuánto de la
posición actual de un individuo viene de su familia: que la familia esté diez
percentiles más arriba, se traduce en un incremento de 6-7 percentiles en la
generación siguiente. La persistencia de la riqueza es altísima.
El candidato obvio: un impuesto a la
herencia
La evidencia, parcial y
todavía en construcción, parece señalar que (i) la magnitud de la herencia es
considerable y que (ii) incide en la distribución de la riqueza. Ambos
elementos apuntan en dirección de los impuestos a las herencias, porque su
potencial recaudatorio no es despreciable y, en particular, porque constituyen
un buen instrumento para obstaculizar la reproducción intergeneracional de la
desigualdad. Si bien suelen ser, a diferencia del tremendamente popular
“impuesto a los ricos”, bastante resistidos, están muy difundidos y vale la
pena considerarlos brevemente.
En la OCDE (2021), 24 de 36
países relevados cobraban impuestos sobre herencias, patrimonios sucesorios o
donaciones, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, España,
Japón y Corea del Sur. Los diseños, sin embargo, son muy distintos. En el Reino
Unido la tasa general es de 40% sobre la parte del patrimonio que supera
aproximadamente los US$443.000, aunque existe una franquicia adicional de hasta
US$238.000 para la vivienda familiar; en Francia, cada hijo puede recibir
alrededor de US$117.000 de cada progenitor sin pagar y, por encima de ese
monto, las tasas progresivas van de 5% a 45%. Japón tiene uno de los esquemas
más exigentes: excluye aproximadamente los primeros US$189.000, más US$38.000
por cada heredero legal, y aplica tasas de entre 10% y 55%. Este tipo de
diseños tiene sentido: dado que la persistencia de la riqueza es
particularmente fuerte en particular en los hogares más ricos, los impuestos a
las herencias solo reducen la desigualdad de la distribución de la riqueza si
gravan fuertemente a éstos (Nekoei & Seim, 2023). Por eso también, las tasas máximas en las décadas de 1950 y 1960 eran aproximadamente de 80%. Uruguay, en cambio, no
tiene un impuesto general a la herencia, aunque grava la transmisión sucesoria
de inmuebles mediante el ITP, con una tasa plana de 3% para herederos en línea
directa. Esto no siempre fue así: Uruguay tuvo impuesto a las herencias entre
la década de 1890, hasta que la dictadura los removió, en 1974.
Las tasas máximas aplicadas
en el mundo son bastante considerables, pero dados los mínimos no imponibles
altos, las tasas efectivas (cuánto se paga de impuesto en relación a la
herencia total), suelen ser mucho más bajas, por lo que pensar en una tasa efectiva
de 5%, es un objetivo razonable. Aquí es útil la estimación del flujo de
herencias: si la cantidad de herencia de cada año equivale al 6-8% del PIB,
entonces una tasa del 5% permitiría recaudar potencialmente entre 0.3 y 0.4%
del PIB. Naturalmente, la potencial recaudación va a estar mediada por cómo las
personas reaccionen al impuesto, y allí los aspectos de diseño son
particularmente relevantes[xi]. Una
opción razonable sería simplemente adaptar el Impuesto a las Transmisiones
Patrimoniales ya existente, ponerle un mínimo no imponible alto (por ejemplo, 200.000
dólares, recordar que hoy es cero), y pasar de una tasa plana a tasas
progresivas. Sería el equivalente de herencia de pasar del IRP al IRPF.
Un impuesto a las herencias
podría pensarse como un mecanismo para asignar socialmente una parte del flujo
de herencias. Para fijar ideas, una recaudación de 0.3% del PIB podría
transformarse en una herencia básica universal de unos 8.000 dólares, para
todas las personas que lleguen, por ejemplo, a la mayoría de edad. Las
posibilidades de dinamización de la economía de una propuesta de esta
naturaleza, son poco menos que espectaculares. Esta propuesta de binomio impuesto a la herencia-herencia básica
universal, que ha sido promovida por economistas como Anthony Atkinson o
Thomas Piketty (aunque con esquemas mucho más ambiciosos que los aquí
presentados)[xii],
permitiría mantener la idea de herencia entendida como la transmisión de
riqueza de una generación a la que sigue, pero no exclusivamente a través del
parentesco directo, sino, al menos en parte, según una regla socialmente
acordada. Concédanme que no carece de atractivo.
El fin de las dinastías
En el Capital en el Siglo XXI, Piketty decía que hay dos formas de
acumular riqueza: por medio del trabajo, o por medio de la herencia. Está
equivocado. Hay muchas más, siendo la explotación la más obvia de todas, y esta
oposición entre trabajo y herencia puede llevarnos a pensar que todo lo que no es
herencia, es legítimo, cuando no lo es. Sin embargo, no es menos cierto que de
las posibles formas de acceder a la riqueza, la herencia es la menos razonable
de todas: es realmente muy difícil de justificar, muy en particular desde las
posiciones que les suelen quedar más cómodas a los acólitos de la desigualdad,
como la meritocracia o la igualdad de oportunidades. La herencia no explica
todas las injusticias de la distribución de la riqueza, ni un impuesto a la
herencia soluciona todos los problemas de la desigualdad, pero si Uruguay va a
proponerse en algún momento ser un país igualitario, va a tener que tomarse muy
en serio la posibilidad de dejar atrás este vestigio dinástico.
[i] Naturalmente, la herencia suele ser recibida en la edad adulta, lo que no cambia el hecho fundamental de que, ya en la niñez, las personas enfrentan perspectivas radicalmente distintas de los activos que recibirán en el futuro. Además, los niños y niñas también reciben activos, incluso empresariales. Por ejemplo, en Finlandia, la probabilidad de ser propietarios de una firma es 20 veces más grande si los padres pertenecen al 1%, y la edad media de los propietarios menores de edad es 12 años (Paukkeri, T., & Ravaska, T., 2025).
[ii] En el modelo
neoclásico canónico de ciclo de vida, un individuo racional y perfectamente
informado elige trabajo y consumo para maximizar su utilidad a lo largo de toda
su vida. El resultado es un consumo relativamente estable: se endeuda al
comienzo, ahorra durante la vida laboral y consume esos ahorros tras el retiro,
bajo el supuesto algo aterrador de que conoce con precisión la fecha de su
muerte. Para la herencia, la conclusión es simple: es cero (Davies &
Shorrocks, 2000); el último peso se gasta con el último suspiro. Modelos
posteriores admitieron herencias positivas por ahorro precautorio (Yaari, 1965;
Davies, 1981), altruismo hacia los descendientes (Becker & Tomes, 1976;
Atkinson, 1980) o como incentivo para recibir cuidados en la vejez (Bernheim et
al., 1986; Cox, 1987).
[iii] Alvaredo, Garbinti y Piketty (2017) aproximan la proporción
heredada de la riqueza mediante φ = bᵧ / [bᵧ
+ (1 − α)s], donde bᵧ es el flujo anual de herencias como proporción del
ingreso, s la tasa de ahorro y α la participación del capital en el ingreso. La
versión sencilla, φ ≈ H × bᵧ / (W/Y), supone que ese flujo se mantiene durante
una generación de H años e ignora el crecimiento y la capitalización de las
herencias.
[iv] El equipo del proyecto está integrado por Paola Azar, Mauricio De
Rosa, María Inés Moraes, Rebeca Riella, Guillermo Sánchez-Laguardia, Matías
Sena y Carolina Vicario.
[v] Estimaciones anteriores hechas por Bruno Agustoni y Evelyn Lasarga en base a encuestas de riqueza habían mostrado que cerca de un tercio de la riqueza inmobiliaria habría sido heredada directamente (es decir, no se contabilizaba si una vivienda había sido comprada con el dinero recibido por una herencia) y que la herencia es una de las variables que mejor explica las diferencias de riqueza entre hogares (Agustoni & Lasarga, 2019).
[vi] La formulación más precisa es que un incremento de un decil en el
ranking de riqueza de los padres se traduce en un incremento de 3-4 percentiles
en el ranking de los hijos.
[vii]
[viii] Proyecto I+D de CSIC, “Mecanismos detrás de la (in)movilidad
intergeneracional en Uruguay: evidencia sobre la contribución de la herencia y
el nepotismo en base a registros administrativos”, coordinado por Martín Leites
y Joan Vilá.
[ix] Las definiciones de rareza de los apellidos son múltiples. En general,
se asume que son raros los apellidos que tienen una frecuencia menor a cierto
porcentaje del apellido más común. En el caso uruguayo, empleamos el umbral
10%, pero se realizan múltiples pruebas de sensibilidad del resultado a este
supuesto.
[x] Si la transmisión de la riqueza siguiera un proceso simple en el que cada generación depende únicamente de la anterior, una correlación de 0,3–0,4 debería desaparecer rápidamente. Seis siglos equivalen aproximadamente a entre veinte y veinticuatro generaciones, por lo que la correlación esperada entre los extremos sería (0,3^20) o (0,4^20): en ambos casos, prácticamente cero.
[xi] La evidencia, todavía fragmentaria, sugiere que los impuestos a las herencias provocan respuestas reales relativamente pequeñas sobre el ahorro y la acumulación de riqueza (Goupille-Lebret & Infante, 2018; Glogowsky, 2021), pero respuestas mayores de planificación y elusión, mediante donaciones en vida, testamentos y cambios en la composición de los activos (Escobar et al., 2023; Micó-Millán, 2024). También pueden aumentar la oferta laboral al reducir el llamado “efecto Carnegie”, asociado a recibir una herencia (Kindermann et al., 2018), mientras que la migración parece poco relevante (Jestl, 2021). En suma, las respuestas comportamentales no inviabilizan al impuesto, pero como siempre, vuelven decisivo su diseño (Schratzenstaller, 2025).
[xii] Atkinson (2015) propone sustituir la tributación tradicional de las
sucesiones por un impuesto progresivo sobre las herencias y donaciones
recibidas a lo largo de la vida por cada individuo, y utilizar parte de esos
recursos para financiar una dotación universal de capital al alcanzar la
adultez, una suerte de “herencia mínima” para todos. Piketty (2020) lleva esta
idea más lejos: combina un impuesto progresivo sobre las herencias con un
impuesto anual sobre el patrimonio y propone, a modo ilustrativo, tasas
marginales de 60–70% para herencias muy elevadas —superiores a diez veces el
promedio— y de 80–90% para las superiores a cien veces el promedio; ambos impuestos
financiarían una dotación universal de capital equivalente, en su ejemplo, al
60% del patrimonio medio por adulto (Atkinson, 2015; Piketty, 2020).
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