Con prohibir no alcanza (además de que no funciona): reflexiones -y algún dato- vinculadas a la ola de prohibiciones de niños, niñas y adolescentes en redes sociales
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Hace casi dos años, junto a Pablo de los Campos, escribíamos una nota en La Diaria respondiendo a la propuesta de dos pediatras uruguayos de prohibir las redes sociales a niños, niñas y adolescentes (NNA), que consideraban una medida crucial para su bienestar. Ahí respondíamos que prohibir era análogo a cercar una piscina sin enseñarle a nadar a NNA, y que, si bien en edades muy tempranas “funcionaba”, no lo hacía a medida que crecían y se desarrollaban. Y que, en el mediano plazo, ello implicaba una serie de peligros importantes para su bienestar, bajo un paraguas de derechos de NNA (en sentido amplio) y la noción de autonomía relativa.
Parece que los dos pediatras estaban mucho más
alineados con la opinión pública y la política que nosotros; siendo honestos,
un poco lo sabíamos.
En 2025, una ley australiana inédita a nivel mundial prohibió
las cuentas de redes sociales a menores de 16 años, y hace pocas semanas el Reino Unido anunció que hará lo mismo tras una
consulta pública en la que 9 de cada 10 padres participantes se mostraron a
favor. En Estados Unidos, un jurado dictaminó en 2026 contra Meta y Alphabet que sus plataformas "diseñaron
intencionalmente plataformas de ‘social media’ adictivas que dañaron la salud
mental de una adolescente de 20 años".
Y estos no son casos puntuales: la OCDE rastrea
toda la ola en un sitio web. En la puja entre el derecho a la protección de NNA
y sus otros derechos (ver nota previa en RyP sobre la OG25), las medidas prohibicionistas van ganando por
goleada.
Por el continente la cosa va medio parecida.
Junto a Valentina García Perdomo y estudiantes de la UCU realizamos una
revisión sistemática (PRISMA) de las regulaciones de celulares en centros
educativos de América Latina entre 2006 y el primer trimestre de 2025. La foto
no es muy distinta: prevalecen las prohibiciones por sobre los programas de
formación digital, y el concepto de "derechos" casi no aparece en
estas regulaciones.
Esta ola de juicios y prohibiciones se
sustenta en preocupaciones genuinas de familias, educadores y decisores de
política pública, pero también en prácticas comerciales reales de las grandes
plataformas: diseño engañoso u oscuro, y la ausencia por defecto de
configuraciones de privacidad o seguridad pensadas para NNA (privacy by design,
child rights by design).
Pero, por otro lado, esta oleada
prohibicionista también se sostiene en una supuesta evidencia empírica
incontrastable sobre las adicciones y los daños al bienestar de NNA causados
por la tecnología digital…y aquí es donde comienza el problema.
Voy a ser muy, muy claro en esto: NO EXISTE un
acuerdo entre los académicos que estudian los efectos de Internet sobre el
bienestar de NNA (énfasis en los que estudian el tema, no en los que se
comentan en redes sociales o programas de TV matinales) acerca de la existencia
de la patología de “adicción a Internet” ni de la existencia de daños en salud
mental por el mero hecho de un uso (general o inespecífico) de tecnología
digital.
El espejismo del consenso científico
Algunos investigadores, como Christopher Ferguson (quien ha realizado varios metaanálisis sobre el
tema), consideran que la narrativa del "golpe de dopamina" que
siempre se asocia a los argumentos sobre adicción digital es, en parte,
pseudociencia o un "adorno científico" para justificar posturas
morales personales. Por otro lado, Amy Orben en su artículo sobre los ciclos de Sísifo de los pánicos morales asociados a las tecnologías,
presenta evidencia de prensa acerca de que lo que creemos "propio" de
las redes sociales también ocurrió antes con los libros, la radio, la TV y los
videojuegos.
Hay matices, claro: el exceso de pantallas con contenido intenso en
colores y movimiento, sin fin interactivo, sí se ha vinculado con efectos
negativos en el desarrollo de niños muy pequeños. Pero, volviendo al punto de Ferguson, muchos de
estos estudios evitan "controlar" por otros factores correlacionados
con el uso de la tecnología digital. Ferguson señala que buena parte de los
"efectos significativos" negativos de las redes sociales se aproximan a cero
(desaparecen) cuando los estudios controlan por aspectos psicosociales y de
bienestar de los menores y sus familias: el uso excesivo suele ser síntoma de
problemas subyacentes -ansiedad, depresión, entornos familiares complejos- más
que una adicción química comparable a la de las sustancias psicoactivas o a la
de la ludopatía.
La clasificación de comportamientos como
"adicción", además, tiene consecuencias de peso al patologizar
conductas esperables en determinados grupos y tramos etarios, sostiene Dar Meshi en Nature. Como resume Jacqueline Nesi:
"Una cosa es decir que, para algunos niños, las redes sociales son un
factor que contribuye a los síntomas de salud mental. Otra muy distinta es
afirmar que las redes sociales están causando problemas de salud mental a gran
escala."
Por eso, buena parte de la literatura
especializada -y esta nota se adhiere a ese criterio- prefiere hablar de
comportamientos asociados a un uso problemático de tecnologías digitales
antes que de adicción. No es solo una cuestión semántica: la analogía con
sustancias psicoactivas empuja hacia soluciones prohibicionistas que pueden no
ser ni las más eficaces ni las más respetuosas de los derechos de NNA.
Para mí, acá está el punto más clave: la salud
mental -de NNA, pero también de adultos- es multifactorial; para algunos
jóvenes vulnerables, estas plataformas pueden exacerbar síntomas preexistentes,
aunque no sean necesariamente la única causa; para otros, pueden llegar a ser una
de las pocas vías para acceder a bienestar y/o relaciones de calidad, que pueden
llegar a escasear en su contexto social más próximo. Como dice Sonia
Livingstone (una de las madres de este campo de estudios, para nada amiga de
las grandes plataformas), "lo digital siempre es lo más saliente, pero
quizás no lo más relevante".
Prohibir no es tan fácil, las prohibiciones
"totales" (tipo blanket/sábana) tienen consecuencias no deseadas
“¿Quién se iba a imaginar que prohibir por
completo ciertos comportamientos resultaría tan difícil?” Dijo nadie que haya
leído algún documento histórico sobre los efectos de las
políticas prohibicionistas sobre alcohol y otras sustancias
psicoactivas, o aun sobre políticas abstencionistas versus Educación Sexual
Integral -sobre esto último vuelvo sobre el final de
la nota.
Va el spoiler sobre los resultados de algunas
de las prohibiciones de NNA en redes: la cerca de Australia ya está puesta
desde diciembre, y según los datos que recoge David Buckingham en su síntesis de por qué este tipo de
prohibiciones no funcionan, alrededor de dos tercios de los adolescentes
australianos siguen usando sus cuentas igual. El cerco de la piscina, parafraseando
nuestra nota con Pablo, tiene más de un agujero.
Buckingham plantea otras objeciones a las
prohibiciones que conviene tener en cuenta: la dificultad de distinguir causa
de consecuencia (¿el malestar emocional lleva a usar más redes, o es al
revés?), y el riesgo de que una prohibición general termine privando a
adolescentes -sobre todo a quienes son parte de una minoría, o están aislados o
son vulnerables en su contexto de origen- de uno de los pocos espacios en los
que podrían encontrar comunidad y apoyo. También plantea una pregunta incómoda:
si las redes son tan dañinas como se sostiene, ¿por qué la prohibición se
limita a menores de 16 años y no incluye también, por ejemplo, a personas
mayores, más expuestas a estafas y desinformación?
Recomiendo este nuevo TED de Candice Odgers,
que propone cosas similares pero desde una perspectiva más amplia aún: qué
estamos entendiendo mal sobre NNA y tecnología
Pero nadie está proponiendo dejar todo quieto:
alguna evidencia de Kids Online América Latina
Aclaro: quienes estamos en contra de las
prohibiciones tipo sábana NO estamos a favor de las grandes plataformas ni de
dejar todo como está. Proponemos legislar con base en evidencia, para cuidar a
NNA respetando,
a la vez, todos sus derechos.
Recientemente trabajé en un estudio para la
CEPAL con encuestas Kids Online de Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica y
Uruguay, que aporta evidencia comparada y multivariada de la región sobre el
autorreporte de usos problemáticos de celulares y juegos en línea. Con todas
sus limitaciones (además de que recién está por salir, va a salir sin el caso
uruguayo), quiero sintetizar algunos hallazgos relevantes para pensar cómo
proteger a NNA en los entornos digitales, pero respetando su autonomía
relativa:
- El
acceso temprano al primer celular propio/privado es uno de los predictores
más consistentes de comportamientos
problemáticos. Esto no apunta por defecto a la prohibición, sino quizás a
políticas de retraso del primer acceso a bienes “privados” y a la
necesidad de acompañamiento en el momento del acceso (así como a las
familias para decidir el cuándo). Pero todo esto con un umbral razonable,
a mi juicio, más cerca del fin de la educación primaria que de la edad
legal para votar.
- La
intensidad de uso pesa más que el acceso en sí: el uso diario e intensivo del celular se
asocia con incrementos sostenidos en la frecuencia reportada de usos
problemáticos. Pero esto varía según el dispositivo: el patrón etario y de
género del uso problemático del celular (a mayor edad, más en mujeres)
difiere del del uso problemático de los videojuegos (menores edades más en
varones); no parece sensato tratar "lo digital" como un bloque
homogéneo.
- La
satisfacción con la vida y el apoyo familiar percibido son, con fuerza,
los factores protectores más robustos y consistentes, incluso más que las variables de uso. Para
ser más claro: si NNA se sienten seguros, escuchados y protegidos en sus
hogares, y si sienten que su vida es buena, reportan frecuencias
significativamente menores de uso problemático de Internet.
En síntesis, el malestar asociado al uso de
tecnologías digitales rara vez tiene una causa única, y el bienestar emocional
y el vínculo familiar explican una varianza mayor que la del acceso a una
plataforma específica. Cortar el acceso sin atender esos otros factores
difícilmente resolverá el problema de fondo.
Una alternativa que ya existe en la región y qué podría
hacer Uruguay
Si miramos al continente, existe un camino no
prohibicionista que conviene contemplar: el Estatuto Digital da Criança e do
Adolescente de Brasil (Ley 15.211/2025, vigente desde marzo de 2026), no
prohíbe el acceso de niñas, niños y adolescentes a las plataformas, sino que
prohíbe a las grandes plataformas el uso de patrones de diseño engañoso -scroll
infinito, reproducción automática, mecánicas de recompensa similares a las de
apuestas- cuando sus usuarios son menores de edad. Es una intervención sobre las
condiciones de la experiencia digital, no sobre el derecho a acceder a ella.
Si bien tiene algunas debilidades a mi
entender (permite el acceso de NNA a las plataformas si un adulto responsable
lo habilita… ¿qué sucede con NNA cuya familia no está allí, fuera por el motivo
que fuere?), es un camino mucho más sensato y basado en derechos.
Uruguay llega a este debate con ventajas: el
Plan Ceibal -mucho más que distribuir dispositivos, aunque también eso- y un
Grupo de Trabajo en Ciudadanía Digital con llegada a la educación formal. La
Observación General N.º 25, que Uruguay suscribió, es clara: las NNA tienen
derecho tanto a la protección como a la participación en el entorno digital, y
ambas deben pensarse juntas, no una a costa de la otra.
Frente a la discusión y proceso consulta
pública parlamentario que se viene (el
parlamento lo lanzó literalmente esta semana), y a raíz de algunas
evidencia disponible -regional y comparada- quiero hacer unas recomendaciones a
título personal. Sugiriendo algunas líneas de acción alternativas a una
prohibición tipo sábana hasta cierta edad:
- Regular
el diseño, no solo el acceso, siguiendo el modelo
del Estatuto Digital brasileño contra patrones de diseño engañosos. También
se podrían crear estándares /certificaciones tipo ISO del estilo de child rights by design.
- Priorizar
la prevención temprana y el acompañamiento en torno al momento de acceso al primer
dispositivo propio. Quizás los centros educativos, junto a las familias,
puedan tener un rol en estas decisiones.
- Invertir
en bienestar y apoyo familiar, no solo en
regulación tecnológica: son los factores con mayor efecto protector y los
más desatendidos en el debate público.
- Brindar
a las familias herramientas para realizar mediaciones digitales más respetuosas
y efectivas. Las familias se
encuentran muy aisladas en lo que se refiere a la información sobre cómo
acompañar a NNA en el entorno digital, desde aspectos más técnicos sobre
cómo usar herramientas de control parental, hasta aspectos más blandos
sobre cómo pensar estos controles parentales adecuados a diferentes
edades. Aquí quiero destacar los esfuerzos multi-actor nacionales en torno
al compromiso
Nº 40 del Sexto Plan de Acción Nacional de Gobierno Abierto 2025 – 2029
para crear un "Observatorio de Herramientas Digitales para
niños, niñas y adolescentes" y dejar esta herramienta
de la Asociación Norteamericana de Pediatría para construir un plan
familiar de uso de pantallas a medida.
- Incorporar
la ciudadanía digital al currículo obligatorio, en lugar de delegarla solo en las familias,
como tampoco hacemos con la lectoescritura.
- Sostener
y profundizar la evidencia comparada regional: buena parte de lo que hoy se discute se
apoya en estudios anglosajones, contextos no necesariamente equivalentes a
los nuestros.
Ninguna de estas líneas tiene el atractivo
político de un anuncio de "prohibición total" o sábana…y sé que nunca
la va a tener. Pero no por eso quiero dejarla por acá, y quiero hacer una
propuesta más “conceptual” sobre el abordaje de lo digital como un todo.
Si se pudo hacer una política responsable asociada
al cuidado de la vida sexual de NNA, un tema igual de sensible o más que lo
digital, ¿por qué no podemos hacer lo mismo con las pantallas?
Propongo que la analogía más útil para pensar
este problema desde un punto de vista de política pública no es la de la
política antidrogas —tolerancia cero, sanción y miedo—, sino la de la Educación
Sexual Integral: hay contenidos y conductas problemáticos en edades tempranas,
pero esperables -y hasta deseables- a medida que avanza el desarrollo
psicoemocional de NNA. El concepto de autonomía relativa tanto en lo
sexoafectivo como en lo digital es clave.
Porque, además, NNA tienen derechos que van
más allá de la protección y se reflejan tanto en el entorno físico como en el digital.
Conviene conocer más sobre la Observación General 25 (2021): ahí los estados firmantes, incluido el nuestro,
reconocen que hay cosas positivas -además de riesgos- en Internet, y que el
entorno digital es asimismo un espacio clave de socialización y obtención de
bienestar para niños, niñas y adolescentes (y adultos también, ¿por qué no).

Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.
