Revueltas polirrítmicas
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Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.
Revueltas
polirrítmicas
Nicolás
M. Somma (nsomma@uc.cl)
Profesor
Titular del Instituto de Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile
Investigador
Adjunto del Núcleo Milenio sobre Crisis Políticas en América Latina (CRISPOL)
Imagen creada con ChatGPT.
Desde hace un par de años integro un
equipo que viene estudiando las revueltas urbanas en América Latina y el Caribe,
compuesto por investigadores/as de varias universidades chilenas[1]. Las revueltas urbanas son
olas de protestas masivas en las que miles de personas salen a las calles durante
un período acotado de tiempo (por ejemplo, desde un par de días hasta, en
algunos casos, varios meses) para protestar contra el gobierno o algún actor
político-estatal (como el Congreso, como en el Perú en años recientes). En las
revueltas urbanas, las personas despliegan diversos tipos de tácticas de
protesta, combinando marchas y manifestaciones pacíficas con tácticas
disruptivas e incluso violentas, como saqueos, destrucción de propiedad pública
o privada, enfrentamientos con la policía o entre civiles. Y si bien las
adjetivamos como “urbanas”, porque tienen lugar en grandes ciudades nacionales,
también a veces se expanden a (o empiezan en) zonas rurales (Somma et al. 2024[2]).
Al definir un término nuevo, el
equipo de investigación se metió en un gran brete, como nos dimos cuenta al
presentar avances en distintas conferencias y eventos. Una parte predominante
de la literatura internacional habla de “revoluciones” al referirse a la
Primavera Árabe o a las “revoluciones de colores” en la Europa post-soviética.
Pero nos parece mejor reservar ese término para designar lo que siempre se
entendió por revoluciones: movimientos populares que emplean medios militares
para derribar al gobierno. Ejemplos de esto son las revoluciones sociales
clásicas, como la francesa, la china o la rusa (Skocpol 1979[3]), o las revoluciones políticas
en el tercer mundo durante la Guerra Fría (Goodwin 2001)[4]. Todas ellas tienen un
componente militar que no se ha observado en América Latina durante las últimas
tres décadas. También se habla de “estallidos sociales”, un término pegadizo pero
indeterminado que preferimos no adoptar. Nos circunda la literatura sobre
“riots”, que se refiere a episodios más acotados, compuestos por protestas
protagonizadas por categorías sociales específicas (étnicas o religiosas) y
habitualmente localizados en los barrios de algunas ciudades. Para hacer todo
más complejo, la biblia del enfoque de la política contenciosa (McAdam et al.
2001[5]) habla de “episodios
contenciosos”, metiendo en el mismo saco fenómenos tan distintos como revoluciones
políticas, transiciones a la democracia y levantamientos nacionalistas. Quizás
nuestro término, definido inductivamente a partir del estudio de casos
latinoamericanos, se parece más a las revoluciones urbanas de Beissinger (2022)[6], más asociadas al mundo
post-soviético. Pero las trayectorias institucionales y geopolíticas de ambas
regiones son muy distintas.
Hasta ahora, hemos mapeado 40
revueltas urbanas ocurridas en América Latina y en algunos países del Caribe
desde mediados de la década de 1980 hasta 2025. Hay cosas llamativas. Primero,
se concentran en la última década (23 de los 40 casos ocurrieron entre 2017 y
2025). Los 1990s, a pesar de ser el período de auge de las reformas
neoliberales, no suscitaron tantas revueltas urbanas como la última década,
marcada por la pandemia, el fin del boom de las commodities y, en
algunos casos, la erosión democrática. Sólo en 2019 hubo siete revueltas
urbanas.
También hay variaciones en la
intensidad entre países. Uruguay no registra revueltas urbanas, lo mismo que
Guatemala, a pesar de que son de los países más distintos que se pueda imaginar
dentro de la región (recuerdo haber hecho hace varios años un análisis de
conglomerados entre todos los países de América Latina, considerando variables
demográficas, económicas y políticas: Guatemala y Uruguay eran el par de países
con mayor distancia promedio entre estas variables). Esto ilustra que existen distintos
caminos para llegar a las “no revueltas” (la famosa “equifinalidad”). El camino
uruguayo parece consistir en una gran capacidad para institucionalizar
conflictos potenciales a través de partidos todavía comparativamente
enraizados, en un contexto de envidiable homogeneidad territorial y socioeconómica,
y de alta legitimidad democrática. El camino guatemalteco es más misterioso:
quizás se explica por la debilidad de las organizaciones civiles en un país
todavía marcado por el legado de la guerra civil. Interesantemente, los países
más grandes del continente – Argentina, México y Brasil – registran sólo una
revuelta urbana en las últimas décadas: Argentina en 2001, México en 2017 y Brasil
en 2013. ¿Tendrá esto que ver con el tamaño geográfico o poblacional? ¿O tendrá
que ver con la estructura federal, que podría obstruir la unificación del
blanco de descontento contra el gobierno nacional? Por otra parte, los países
con más revueltas urbanas son Ecuador y Venezuela, cada uno con seis, y ambos con
trayectorias institucionales y políticas bastante divergentes.
Nuestra investigación muestra otro
tipo de variaciones interesantes. A veces, el factor precipitante de la
revuelta es un aumento de los precios del combustible o del transporte público,
o la reducción de los beneficios sociales. A veces son intentos de cambio legislativo
para permitir la reelección presidencial, acusaciones de fraude electoral, o
destituciones del presidente en ejercicio por el Congreso – moviendo a sus
seguidores a salir a las calles, como en el Perú de Pedro Castillo. Las
declaraciones públicas de las autoridades importan: algunas revueltas (como la chilena
de 2019) ocurrieron días después de que algunos ministros demasiado confiados
ironizaron al decir que la gente debía comprar flores o levantarse más temprano
para trabajar. Incluso, el expresidente Piñera dijo que Chile era un oasis en
América Latina días antes de que estallara la revuelta.
Los
factores precipitantes nunca actúan por sí solos: son relevantes en un contexto
dado. De vuelta a Chile, la revuelta de 2019 (durante Piñera 2) se inició
cuando los estudiantes secundarios decidieron realizar evasiones masivas en el
metro, lo que fue emulado por sectores más numerosos de la población. Pero
pocos años después, durante el gobierno de izquierda de Boric, los secundarios
también protagonizaron evasiones masivas, aunque nadie los emuló. El contexto
político, y más específicamente la ideología del gobierno, parece importar: queda
pendiente, cuando tengamos datos suficientes, estudiar si este factor afecta
las probabilidades de que se produzca una revuelta urbana en un país y año dados.
La evidencia anecdótica sugiere que los gobiernos de derecha o centro-derecha son
más propensos a sufrirlas (Argentina 2001, Colombia 2019 y 2021, Bolivia 2003,
Chile 2019) mientras que los gobiernos de izquierda que respetan la democracia
liberal lo son en menor medida. Pero tampoco son inmunes a las revueltas, como
muestra el caso de Brasil en 2013 bajo el gobierno de Dilma Rousseff. Interesantemente,
los proyectos refundacionales o revolucionarios de los autoritarismos de
izquierda tampoco los inmunizan contra las revueltas urbanas (Cuba en 1994 y
2021, Venezuela en 2019 y 2024, Nicaragua en 2018), aunque todos estos casos
varían mucho en otros aspectos, como la duración y el grado de organización de
quienes se manifiestan.
En
este último sentido, el nivel de organización también varía considerablemente.
Por supuesto, no estamos ante las insurgencias de la Guerra Fría, dirigidas por
vanguardias políticas fuertemente ideologizadas, con cadenas de mando
verticales y poder militar que se enfrentaban al Estado para intentar
derribarlo. Todo es más confuso e incontrolable en las revueltas actuales,
aunque igualmente hay variaciones significativas. Algunas revueltas están
fuertemente estructuradas “desde arriba”, por líderes políticos y partidos en
disputa con el gobierno: Bolivia 2019, Venezuela 2019 y 2024 son ejemplos
típicos. Otras son impulsadas por organizaciones sociales consolidadas, como
sindicatos, organizaciones indígenas o campesinas (Ecuador, 2000, con el rol de
la CONAIE; Honduras, 2009, con el rol de los sindicatos de docentes; Perú,
2022, con el rol de las comunidades campesinas del sur). Otras, si bien
comienzan con convocatorias de organizaciones formales, se desbordan y terminan
involucrando a masas sin coordinación central: Argentina 2001, Colombia 2019 y
2021, Haití 2018, por ejemplo. Finalmente, en algunos casos, parece que el rol
de las organizaciones civiles es empequeñecido por las masas atomizadas,
movidas por mecanismos de emulación y protestas en cascada (Granovetter 1978[7]): Cuba 1994, Venezuela
1989 (el “Caracazo”), Perú 2020 quizás. Está pendiente caracterizar cómo cada caso
combina estos tres mecanismos: dirección desde arriba (oposición política),
desde abajo (sociedad civil organizada) y movilización “desde afuera” (masas
atomizadas). En esto último es esencial estudiar el rol de la comunicación
digital. Aunque a veces se exagera su papel (como si internet hubiera causado
las revoluciones urbanas), no hay dudas de que desempeña un papel central (Luna
et al. 2022[8]).
Para terminar (y justificar el
título de la columna), podemos caracterizar las revueltas urbanas como polirrítmicas.
En música, la polirritmia es la presencia simultánea de distintos ritmos en una
misma pieza. Las revueltas también tienen distintos ritmos simultáneos. La
“primera línea” (en general, jóvenes que se enfrentan ritualmente con la
policía) tiene un ritmo frenético, como el de free jazz (acá
un ejemplo de Ornette Coleman), con los manifestantes agrupándose y
dispersándose caóticamente por las calles del centro de las ciudades, pero con
algunos patrones predecibles (por ejemplo, en Chile 2019, enfrentamientos los
viernes de tarde en algunos sectores de la Alameda). Por el contrario, el ritmo
de las masas de manifestantes (en particular, de aquellos que salieron a la
calle a protestar por primera vez: Aguilera et al. 2024[9]) es mucho más cadencioso y
lento, como el de una balada (acá
puede escucharse un ejemplo). Aun así, participan en momentos específicos de
las revueltas: no son los primeros que protestan, sino que lo hacen en el ciclo
ascendente y en la meseta de máxima masividad, pero abandonan las calles cuando
el clima se enrarece y la represión aumenta. Entre medio tenemos el ritmo más
estructurado y marcado de las organizaciones (sindicales, estudiantiles, indígenas),
que tratan de marcar el pulso de la revuelta en función de sus agendas, muchas
veces sin éxito: los dos ritmos previos se les cruzan de forma incontrolable. Acá
hay un bello ejemplo de esto, donde el guitarrista Biréli Lagrène tira
incansablemente sorpresas rítmicas y melódicas encima de la disciplina del
baterista y del contrabajista.
Cierro con un anuncio publicitario.
En los próximos años, quizás décadas, este equipo de investigación (o parte de
él) analizará muchas otras características de las revueltas urbanas
latinoamericanas y caribeñas. Para eso estamos construyendo una base de datos a
partir de cientos de páginas de informes narrativos sobre las revueltas. Y si
el financiamiento lo permite, ¿por qué no extenderse al Norte de África
(Primavera Árabe), al Medio Oriente, a Europa Central y del Este, a Asia
Central y a toda aquella región del mundo donde la gente se rebela? Sabemos
poco sobre cómo, cuánto, y por qué varían los marcos de interpretación y
demandas; la duración y alcance espacial de las revueltas; las tácticas y
represión gubernamental; el rol de actores internacionales (gobiernos
extranjeros, organismos internacionales) y factores geopolíticos; la cantidad de
personas heridas o muertas durante las revueltas; y sus consecuencias políticas
de corto, mediano y largo plazo.
El
estudio de las revueltas urbanas presenta, además, interesantísimos desafíos
metodológicos. Por ejemplo, ¿cómo usar grandes modelos de lenguaje (LLM) para
procesar y codificar grandes volúmenes de texto? ¿Cómo modelar estadísticamente
fenómenos multinivel, como una revuelta urbana, en los que operan actores a
nivel individual, organizaciones, factores estructurales a nivel nacional y
fenómenos globales? ¿Cómo incorporar elementos audiovisuales a la investigación
(ver Earl et al. 2024)[10]?
[1] El equipo está integrado
(alfabéticamente) por Julia Cavieres (co-investigadora, Universidad Diego
Portales), Francisca Koppmann (asistente de investigación, PUC Chile), Carolina
Kuhlmann (coordinadora de investigación, Universidad Austral), Alonso Marañón (asistente
de investigación, Universidad Central), Rodrigo Medel (co-investigador, Universidad
de Chile & CRISPOL), Nicolás Somma (investigador responsable, Pontificia
Universidad Católica de Chile & CRISPOL) y María Teresa Valeria Zambrano (asistente
de investigación, Universidad Diego Portales). Se agradece el financiamiento de
la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID / Fondecyt
Regular / 1240777). También se agradece el apoyo de la ANID a través del Núcleo
Milenio en Crisis Políticas en América Latina (CRISPOL NCS2024_065).
[2] Somma, N. M., Cavieres, J., &
Medel, R. M. (2024). Revueltas urbanas en América Latina: revisión
bibliográfica y propuesta conceptual. Desafíos, 36(1):1-35.
[3] Skocpol,
T. (1979). States and social revolutions: A comparative analysis of
France, Russia and China. Cambridge University Press.
[4] Goodwin,
J. (2001). No other way out: States and revolutionary movements,
1945-1991. Cambridge University Press.
[5] McAdam, D., Tarrow, S., & Tilly, C. (2001). Dynamics of
contention. Cambridge University Press.
[6]
Beissinger, M. R. (2022). The revolutionary city: Urbanization and the
global transformation of rebellion. Princeton University Press.
[7] Granovetter, M. (1978). Threshold models of collective
behavior. American Journal of Sociology, 83(6),
1420-1443.
[8] Luna, J.
P., Toro, S., & Valenzuela, S. (2022). Amplifying counter-public spheres on
social media: News sharing of alternative versus traditional media after the
2019 Chilean uprising. Social Media+ Society, 8(1),
20563051221077308.
[9] Aguilera, C., & Espinoza, V.
(2022). “Chile despertó”: los sentidos políticos en la Revuelta de
Octubre. Polis. Revista Latinoamericana, (61).
[10] Earl, J., Grimm, J. J., Malthaner,
S., della Porta, D., Hunger, S., Hutter, S., & Lavizzari, A. (2024). Mobilization
forum on “video protest event analysis”. Mobilization: An International
Quarterly, 29(2), 263-278.