Del sujeto al “perfil”: alienación en la realidad hiperconectada (2)
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De
Sofía Ache
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Imagen extraída de: https://cineentucara.blogspot.com/2016/10/black-mirror-nosedive.html
En la entrada anterior enuncié brevemente el problema que iba a trabajar en esta serie de entradas (la relación del sujeto con su perfil en entornos digitales y si ésta puede entenderse en los términos de una relación alienada). Para poder adentrarnos en el concepto de alienación, expuse algunas de las concepciones filosóficas clásicas sobre el mismo y la distinción analítica entre enfoques de alienación social y enfoques de alienación personal.
En lo que sigue, quisiera “aterrizar” el concepto de alienación a una definición más general, que nos permita entender el fenómeno para poder pasar, ahora sí, al perfil.
Puede entenderse a la alienación como un tipo de relación -de alejamiento, separación o extrañamiento- entre un sujeto y un objeto que se encuentran vinculados entre sí lógica, ontológica o normativamente. No se trata, por tanto, de una desconexión entre entidades absolutamente ajenas. Mientras que el sujeto puede ser un agente individual o un grupo, el objeto puede adoptar diversas formas, tal y como entidades que no son un sujeto, o bien otro sujeto o sujetos, e incluso, uno mismo (Leopold, 2022). La peculiaridad de una relación de alienación radica en que la deficiencia se produce a nivel de cómo la relación con el objeto se experimenta: el sujeto no logra reconocer como propia la relación que mantiene con él, con el cual, sin embargo, está vinculado. De manera que el concepto de alienación designa la experiencia de una relación paradójica en la que algo se aparece al sujeto como propio y a la vez, como extraño; lo que Jaeggi (2016: 25) ha caracterizado como una “relación de falta de relación”, esto es, una dificultad para apropiarse de la propia relación.
Esta formulación esquemática permite conservar el núcleo del concepto sin comprometerse con una propuesta normativa (dado que no explicita el criterio desde el cual evaluar la relación) y sin reducirlo de antemano a un registro exclusivamente personal ni a uno exclusivamente social. En una relación alienada mientras que el objeto se aparece como carente de significado, rígido, empobrecido y tan ajeno que el individuo no puede tener influencia sobre él (Jaeggi, 2016: 3). El sujeto alienado, por su parte, se vuelve un extraño para sí mismo, se siente un objeto pasivo, “a merced de fuerzas desconocidas” (Jaeggi, 2016: 3), a tal punto que puede llegar a no reconocerse en sus propias acciones.
En el uso de redes sociales y de dispositivos inteligentes, muchas veces subyace una exigencia doble y, a la vez, paradójica: por un lado, se nos procuran todas las facilidades para mostrarnos en todo momento, de manera espontánea y transparente, tal y como somos. Por otro, se nos proporcionan las herramientas para que construyamos y modelemos nuestro “perfil”, ofreciéndonos avatares, filtros, formatos, informaciones precisas y segmentación de públicos. Esta “segunda vida” en los entornos digitales se presenta, de tal guisa, como una escena en la cual el yo es algo que puede (y debe) ser cuidadosamente producido y administrado.
Esta tensión puede leerse como un lugar para pensar una fuente de alienación en la actualidad. Si la entendemos -siguiendo reformulaciones contemporáneas del concepto- como forma fallida de relacionarnos con nosotros mismos, con los otros y con el mundo, de modo que nos constituimos como extraños en algún aspecto de nuestra propia vida, entonces las dinámicas de construcción del “perfil” en redes no son un mero problema de “falta de autenticidad” o “superficialidad”, sino un modo específico en que las personas nos vemos empujadas a crear y recrear una versión de nosotras mismas que se nos escapa de las manos, que nos “agrede” y nos “domina”, tal y como decía el joven Marx en sus Manuscritos Económicos y Filosóficos (1844) cuando se refería a los productos del trabajo, que se le presentaban a su creador como algo extraño.
En el uso de redes sociales y de dispositivos inteligentes, muchas veces subyace una exigencia doble y, a la vez, paradójica: por un lado, se nos procuran todas las facilidades para mostrarnos en todo momento, de manera espontánea y transparente, tal y como somos. Por otro, se nos proporcionan las herramientas para que construyamos y modelemos nuestro “perfil”, ofreciéndonos avatares, filtros, formatos, informaciones precisas y segmentación de públicos. Esta “segunda vida” en los entornos digitales se presenta, de tal guisa, como una escena en la cual el yo es algo que puede (y debe) ser cuidadosamente producido y administrado.
Esta tensión puede leerse como un lugar para pensar una fuente de alienación en la actualidad. Si la entendemos -siguiendo reformulaciones contemporáneas del concepto- como forma fallida de relacionarnos con nosotros mismos, con los otros y con el mundo, de modo que nos constituimos como extraños en algún aspecto de nuestra propia vida, entonces las dinámicas de construcción del “perfil” en redes no son un mero problema de “falta de autenticidad” o “superficialidad”, sino un modo específico en que las personas nos vemos empujadas a crear y recrear una versión de nosotras mismas que se nos escapa de las manos, que nos “agrede” y nos “domina”, tal y como decía el joven Marx en sus Manuscritos Económicos y Filosóficos (1844) cuando se refería a los productos del trabajo, que se le presentaban a su creador como algo extraño.
1. El yo digital como un proyecto en constante optimización
En las plataformas digitales, la identidad del perfil se configura por el agrupamiento de contenidos que deben resultar atractivos, coherentes y “vendibles” a los ojos de los demás. Esto no concierne únicamente a influencers o a figuras públicas: también quienes no viven de sus redes internalizan esta lógica. Cada quien diseña y modifica su propio perfil como una obra que hay que intervenir constantemente: añadir contenido, borrar publicaciones antiguas que “no encajan”, ordenar el feed, mantener una línea estética o discursiva, adaptar el lenguaje, mostrarse de un modo apetecible, aesthetic, interesante…
En este contexto, el yo, tal y como se entendía, deja de ser el trasfondo más o menos estable de la identidad (desde el cual una persona actúa y narra su vida) para adicionar también una capa digital que asume la forma de un proyecto a ser constantemente pulido y mejorado. El sujeto se ve en ese ámbito obligado a evaluarse y reevaluarse a sí mismo de forma acelerada y a través de criterios de rendimiento propios de la dinámica digital: ¿qué funciona?, ¿qué genera más interacción?, ¿qué produce más seguidores o más corazoncitos? La pregunta por quién se es se desplaza hacia la pregunta por cómo se rinde mejor ante una audiencia real o imaginaria.
Desde una perspectiva de la alienación inspirada en Marx, podría decirse que aquí el producto -el perfil, el contenido, la imagen pública resultante de la adición de publicaciones- se independiza del sujeto que lo genera y comienza a imponerse como una instancia frente a la cual ese sujeto debe responder. Ya no se trata de una expresión contingente de un aspecto de la persona, sino de algo que puede contradecirla, superarla o incluso traicionarla, y que, sin embargo, debe ser sostenido.
2. El perfil como una exigencia
Un rasgo distintivo de esto es que el perfil ya no se limita a representar una dimensión del sujeto, sino que se transforma en una especie de horizonte normativo: establece quién “debería” ser. Una vez que una cierta imagen de uno se ha consolidado en redes, cualquier gesto que se desvíe de esa autoimagen puede vivirse como una amenaza.
El sujeto, entonces, ya no solo actúa en función de lo que desea o valora, sino en función de aquello que su perfil público permite o prohíbe. Publicar o no publicar, mostrarse de determinada manera, suavizar ciertas posiciones… todas estas decisiones están atravesadas por la necesidad de mantener la coherencia de la imagen construida. El perfil se vuelve un límite para la propia experiencia (porque ello tiene repercusiones en su existencia no digital).
Esta situación puede describirse como una forma de alienación de sí: la persona se distancia de su propia vida al tener que adaptarla a un molde que, si bien ha contribuido a crear, ya no controla del todo (y a su vez, éste lo domina). Se encuentra actuando, en parte, para sostener una imagen que le exige continuidad y consistencia, aunque esa imagen no coincida plenamente con lo que está viviendo o sintiendo.
3. Vivir para ser contado
Un efecto llamativo de la construcción del perfil es la inversión de medios y fines en la propia experiencia. No se trata solo de “contar lo que se vive”, sino de vivir pensando en cómo será contado: hacer algo “para subirlo”, elegir un lugar, un ángulo o una actividad en función de su potencial visibilidad. De modo tal que la experiencia deja de ser un fin en sí y se convierte en materia prima para la producción de contenido.
Este corrimiento contribuye a la alienación: en lugar de vivir una situación como fin, la persona se relaciona con ella anticipando la escena futura de la publicación. El momento presente es colonizado por la potencial mirada de los otros. La relación con uno mismo se vuelve inseparable de la evaluación de las repercusiones que ese momento tendrá una vez que aparezca en el espacio público de la plataforma.
La alienación no se reduce en este caso al mero peligro de resultar inauténtico, sino que se inscribe en una forma de vida en la que la intervención vigilante de la mirada ajena -y las lógicas algorítmicas que organizan esa mirada- dificulta la apropiación de la propia experiencia. Así, la narración de la vida deja de ser un ejercicio reflexivo, situado, contingente, para convertirse en una tarea incesante de edición y gestión orientada a sostener el perfil que los otros mirarán.
4. Para irse yendo
Conviene insistir, sin embargo, en el carácter no taxativo de esta relación con el perfil. La construcción del perfil también ha permitido experimentar formas de autoafirmación, exploración identitaria y reconocimiento que muchas personas no encontraban en sus entornos inmediatos. El concepto de alienación ayuda a nombrar el momento en el que el perfil ya no se vive como una herramienta útil para mediar la presencia digital y expresarse, sino como una instancia que constriñe, juzga y determina. Cuando el yo público digital se vuelve ajeno y, sin embargo, obligatorio, puede decirse que hay una relación fallida con esa capa de uno mismo: una forma contemporánea de alienación en la que el sujeto se ve obligado a representarse de un modo que le resulta, en alguna medida, impropio, pero del cual no puede prescindir sin quedar fuera.
Tomado de Razones y Personas. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 No portada.
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