jueves, 5 de abril de 2018

Sobre anti-vacunas, anti-vacunas en las escuelas, anti-vacunas HPV y sus argumentos


Foto: Matías Dodel


En las últimas semanas se ha dado –o mejor dicho, ha resurgido- una discusión bastante inédita en nuestro país: la posibilidad de objetar la vacunación por motivos no médicos. A tal punto ha florecido esta discusión que contamos un movimiento anti-vacunas autóctono de con más de 13 mil usuarios en Facebook.
Es cierto que Internet permite que se “reúna” gente en torno a cualquier tipo de idea, sin discriminar en sentido alguno sobre la veracidad de las mismas (por favor entren a la página de Facebook de la Flat Earth Society con sus 144 mil likes), pero duele/extraña un poco más cuando pega tan cerca de casa.
Sin ser un experto en inmunología, voy a intentar resumir el episodio local de la forma más concisa posible; abordándolo como un problema social/de comunicación de la ciencia y no sólo de salud. Particularmente me voy a centrar en la discusión sobre la vacunación en escuelas y el HPV.
El Virus del Papiloma Humano (HPV por sus siglas en inglés) es una de las infecciones trasmitidas sexualmente más extendidas (al menos en Estados Unidos) y es uno de los principales desencadenantes de cáncer de útero, pero también de vagina, vulva, pene, ano y garganta (el rol del HPV en este último, ha sido vinculado particularmente con la práctica del sexo oral).
Dado que existe una importante variedad de cepas de HPV, tal como en todas las vacunas, la seleccionada por el MSP protege contra algunas de ellas (generalmente las más prevalentes en los países que desarrollan estos medicamentos). Asimismo, aún quienes desarrollaron/impulsan/defienden estas vacunas explicitan que como única medida de prevención NO son eficaces y deben combinarse con el uso de métodos anticonceptivos de barrera (p.ej. preservativos) y PAPs. Asimismo, la vacunación es más eficaz si la realiza antes de inicio de actividad sexual.
La crítica a la vacunación en escuelas, más allá de a qué vacuna refiera, es la más sencilla de abordar. Algunas vacunas como la del Sarampión son obligatorias en nuestro país para poder asistir a la propia escuela. Esto no es un capricho de dirigentes autoritarios, sino una forma que tienen los países para proteger a TODOS sus ciudadanos: determinadas personas no pueden recibir las vacunas por motivos médicos (p.ej. sistemas inmunológicos comprometidos, embarazadas y niños pequeños) y dependen de la inmunidad de manada para protegerse frente a diversas enfermedades prevenibles por vacunas. Oponerse a la vacunación en las escuelas lo único que hace es incrementar el costo para los niños y familias que no se vacunan allí, ya que deben movilizarse hasta vacunatorios o clínicas para darse dichas dosis (tanto las obligatorias como optativas).
Si bien es muy temprano para saber el efecto de este movimiento anti-vacunación en Uruguay, algunas notas periodísticas parecen indicar que en ciertas escuelas las tasas de vacunación son más bajas que en otras aspecto que preocupa a algunos infectólogos locales. Episodios de este estilo en otros países -de baja tasa de vacunación en comunidades y/o regiones particulares- han desencadenado brotes importantes de Sarampión, tos convulsa, entre otras.
Yendo específicamente hacia el caso de la vacuna contra el HPV, podemos dividir las críticas en tres grandes grupos.
El primero y más problemático es el que apela a casos anecdóticos y/o no fundados en evidencia sobre los efectos adversos de esta vacuna en particular. Desde una lectura en criollo de los prospectos de la propia vacuna por parte del grupo de padres "No obligatoriedad de la vacuna contra VPH-Uruguay" (tip: al no comparar sus efectos adversos con los de otras vacunas o medicamentos se cae en una falacia de cherry picking), hasta la replicación de historias personales que –sin negar el sufrimiento de las personas involucradas- no han logrado comprobar su vínculo causal con la vacuna más allá del impacto emocional de los relatos. Estas cuestiones se vinculan a una mala comprensión de la ciencia y las creencias son muy difíciles de modificar.
En un segundo grupo se ubican los argumentos relativos a la falta de estudios que comprueben la efectividad de la vacuna. En este sentido una básica búsqueda de trabajos científicos es suficiente para encontrar diversos estudios académicos que señalan el potencial impacto de la vacuna en la reducción de cáncer de útero (p.ej.: para USA Markowitz et al. 2013;  para Australia Brotherton et al 2011) y en otras enfermedades asociadas al virus en hombres (Giuliano et al 2011). Quizás haya que tomarlo con más cuidado –ya que viene de los médicos que desarrollaron la vacuna- pero en Australia sostienen que con un calendario de obligatoriedad de vacunación para niñas y niños podrían erradicar el cáncer de útero en poco tiempo.
También es cierto que otros estudios han señalado la posibilidad de que exista alguna correlación entre condiciones preexistentes específicas y la vacuna, pero no presentan resultados o conclusiones claras (p.ej.  Brinth et al 2015 lo relacionan con interacciones con condiciones preexistentes -POTS- y, en otro texto Brinth et al 2015 señalan algo similar pero recomiendan que se estudie en mayor profundidad). También Siegrist et al. 2007 presentan una visión más seria sobre la temática tratando de diferenciar los posibles efectos adversos de esta vacuna de otros sucesos que ocurrieron al mismo tiempo pero sin vínculo causal (correlación no es causalidad). Para ambos tipos de estudios, la alfabetización científica vuelve a ser clave, sobre todo a la hora de buscar invetsigaciones de cierta calidad.
El tercer grupo de críticas a la vacuna del HPV viene de algunas organizaciones feministas, vinculadas a la Salud Sexual y Reproductiva y/o la Sociedad civil. Sin embargo, es importante resaltar que hay una variedad de posturas entre este tipo de organizaciones y, lo que aquí se expondrá refiere únicamente a las que expresaron una visión contraria.
A modo de síntesis, los argumentos van en torno a la medicalización del cuerpo, la idea de que la vacunación podría operar en contra de las tasas de protección sexual y controles ginecológicos (o que estos son los métodos más eficaces), que la prevalencia de la enfermedad en Uruguay es baja y también que un estudio señala que puede llegar a tener efectos adversos.
Vayamos de atrás hacia adelante. El estudio mencionado proviene de una organización confiable pero no es un artículo científico arbitrado -revisado por pares- y, sobre todo, es un único estudio; volvemos a encontrar cierto cherry picking o selección de evidencia incompleta. Más allá del caso puntual, en ciencia uno debería realizar una búsqueda exhaustiva de las investigaciones/artículos científicos de revisas de calidad que, sobre todo sean evaluadas por pares en ciego o doble ciego; tomar un panorama de la comunidad científica toda no de casos particulares.
El argumento de oposición entre vacuna vs protección y controles cae en otra falacia, conocida como “eludir la cuestión”. Al propiciar la vacunación en ningún momento se niega la relevancia de los otros métodos de cuidado (es más, se explicita que la eficacia de la misma depende de su conjunción), por lo que el argumento no va ni en contra ni a favor: la vacuna funciona si se da a la vez que se mantiene la protección y el control ginecológico.
Finalmente, el argumento de la medicalización del cuerpo podría ser válido (aunque debe reconocerse la evidencia que el efecto de las vacunas en la calidad de vida de los humanos es gigantesca), pero no parece muy lógico esgrimirlo únicamente en relación a esta vacuna.
Sin embargo, existe un punto vinculado al anterior y muy relevante desde una perspectiva de género que no ha sido esgrimido por MYSU en su comunicado relativo a la vacunación de HPV en escuelas: la medicalización exclusiva del cuerpo de la mujer. Los varones son transmisores del HPV al igual que las mujeres y, no sólo son vectores, sino que también se encuentran expuestos ellos mismos a otra serie de patologías severas vinculadas al virus. En todo caso, la reivindicación no sería “menos vacunas a las mujeres”, sino “más vacunas a los varones para proteger a todos y todas”. Este argumento, mucho más sólido, tampoco va en contra de la vacunación del HPV.
A modo de cierre, más allá de que el lector/a pueda estar de acuerdo o en contra de los argumentos aquí esgrimidos, quiero concluir señalando la peligrosidad de dar este tipo de discusiones dando igual lugar a las “dos bibliotecas”; sin importar que una de ellas no considerare/valore los aspectos empíricos de la temática. Si bien el propio éxito de las vacunas es en gran medida el que juega en contra de que podamos comprender lo relevantes que son, no deberíamos tener que esperar a tener nuestros propios brotes y epidemias como para recordarlo; y eso requiere un esfuerzo de divulgación importante y veloz.
Estas discusiones “mediáticas” sin reparos han probado ser muy dañina. En 1998, un estudio publicado en The Lancet que luego fue desmentido y rectificado (con cherry picking de casos, falseo de información y donde el autor principal perdió su licencia médica a consecuencia de ello), genero una caída muy significativa en las tasas de vacunación de la Triple Viral en el mundo desarrollado. Más allá de toda la rectificación, el daño producto de la difusión de ese mal artículo redujo la tasa de vacunación de la Triple Viral en el Reino Unido por cerca de 15 años (ver imagen) 


Foto: Tangled Bank Studios; data from the National Health Service of the United Kingdom

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