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Yo cuido, nosotras cuidamos, ellas nos cuidan



Hace una semana el mundo celebraba el Día Internacional de la Mujer. Un sinfín de mensajes engolosinados del tipo “se escribe perfección pero se pronuncia mujer” que circularon en redes sociales y otros medios de comunicación fueron contrarrestados con noticias cuyo contenido abofeteaba cualquier festejo simple de ese día. Algunas fueron que una mujer murió en el Hospital de Clínicas por una complicación al querer abortar clandestinamente con Misoprostol y que Uruguay tiene una de las tasas más altas en América Latina de muerte ocasionadas por su pareja o expareja. En esta nota quiero problematizar un aspecto distinto de las desigualdades persistentes de género: la economía del cuidado y, principalmente, su relación con el servicio doméstico.

El Panorama Social de América Latina 2009 (CEPAL 2009) nos alarma frente a lo que llama “la crisis del cuidado y la doble discriminación de género.” Allí se ofrecen datos de las encuestas de uso del tiempo para diversos países de América Latina. Ellos ponen en evidencia quiénes han asumido los costos de la revolución de género del último siglo con la entrada masiva de las mujeres al mercado de trabajo: las propias mujeres con su doble jornada. En todos los países para los que tenemos información las mujeres trabajan en promedio más que los hombres si contamos las horas de trabajo remunerado y no remunerado. Y trabajan desproporcionadamente más en trabajos no remunerados, es decir en trabajos de cuidado (de la casa, de los niños, de los adultos, de los enfermos, etc.). Uruguay no es excepción en esto. Mientras en promedio las mujeres realizan 4 horas y 25 minutos de trabajo no remunerado por día, la cifra para los hombres es de 1 hora y 42 minutos. Casi 3 horas menos por día, 13 horas y media menos por semana, 54 horas menos por mes [1].

Más interesante aún, para los hombres, esto no varía según nivel socioeconómico. Independientemente del quintil de ingresos del que hablemos, los hombres no dedican más horas al trabajo doméstico. Para las mujeres sí hay un cambio, sin embargo. Las mujeres disminuyen la cantidad de horas dedicadas al cuidado a medida que aumentan sus ingresos (aunque valga aclarar, siempre son superiores que para los hombres).
Y aquí viene la conexión que proponía al inicio. ¿Quiénes se encargan de esas horas de cuidado que dejan de cumplir las mujeres de mayores ingresos? Otras mujeres. Mujeres con menos ingresos y empleos más precarios, cuya doble jornada consiste en trabajo de cuidado pago y trabajo de cuidado no pago en sus propios hogares.

Según Amarante y Espino (2008) el servicio doméstico en Uruguay está casi totalmente (99%) a cargo de mujeres y es contratado fundamentalmente por los hogares de más ingresos (noveno y décimo decil). Además, es una gran fuente de empleo en el país. De hecho un 18% de las mujeres ocupadas lo hacen en servicio doméstico, porcentaje alto comparado con la región. A pesar de lo fundamental de las tareas que realizan para la reproducción de los hogares, su remuneración es muy inferior al del promedio de las mujeres ocupadas (45% menos) y la mayoría son trabajadoras informales, es decir no tienen protecciones. Muchas trabajadoras domésticas no alcanzan a estar por encima de la línea de pobreza.

Hemos mejorado en los últimos años. A partir de la Ley de Servicio Doméstico de 2006 (Ley 18.065), que entre otras cosas declara aplicables las normas laborales y de seguridad social, y de la campaña que la acompañó, la cotización aumentó. Pasamos de un 70% de empleadas domésticas que no cotizaba a un 58% que no lo hace (Aguirre y Scuro 2010). Pero la cifra es aún alta. Y encubre además otros problemas de ese complejo oficio sobre los que poco sabemos.

El empleo doméstico tiene unas particularidades que lo distinguen de otros empleos y que lo sitúa en una situación de vulnerabilidad. La cercanía de la intimidad doméstica contrasta con la gran distancia social que frecuentemente existe entre empleadores y empleada. Relaciones afectivas, de patronazgo, de abuso, de dependencia, violencia simbólica y, en algunos casos, violencia sexual son algunas de las posibilidades que se mencionan en estudios realizados en otros contextos. Queda mucho por investigar y por mejorar en torno a este oficio, para que algún día podamos decir feliz día y feliz vida o vida digna para TODAS las mujeres.

Referencias:

Aguirre, Rosario, and Lucía Scuro. 2010. Panorama del sistema previsional y género en Uruguay: avances y desafíos. Santiago de Chile: CEPAL.

Amarante, Verónica y Alma Espino. 2008. “Situación del servicio doméstico en Uruguay”, en: Uruguay: ampliando las oportunidades laborales para las mujeres, Montevideo: INAMU/Banco Mundial.
CEPAL 2010. Panorama Social De América Latina 2009. Santiago de Chile: CEPAL, Publicaciones de Naciones Unidas.


[1] Esta distribución inequitativa de las tareas domésticas no es privativa de la región. En un estudio que compara Estados Unidos y Suecia, Wright encuentra lo que el llama el “no efecto de la clase sobre la división del trabajo en el hogar”. Ver: Wright, Erik Olin. 1997. Class counts : comparative studies in class analysis. Cambridge; New York; Paris: Cambridge University Press ; Maison des sciences de l'homme.

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