En el centenario de la muerte de Rodó

Próspero y Ariel (1797) de W. Hamilton (1751-1801)
José Enrique Rodó, de quien este año se cumple el primer centenario de su muerte, y Carlos Vaz Ferreira fueron, en el contexto del 900 uruguayo, dos grandes críticos del utilitarismo y el pragmatismo. Sus obras fundamentales a este respecto son Ariel (1900) de Rodó y El pragmatismo (1908) de Vaz Ferreira.

Las críticas de Rodó al utilitarismo y las de Vaz Ferreira al pragmatismo presentan una cierta coincidencia superficial. Puede decirse que ambos desaprobaron el criterio del éxito que esas corrientes filosóficas propusieron como principio valorativo de las acciones —en el caso del utilitarismo— y de las creencias —en el caso del pragmatismo—. Sin embargo, debajo de esa coincidencia subyace una divergencia profunda, que descansa en la concepción de la cultura (en un sentido amplio de la palabra) que adoptan respectivamente ambos autores. Rodó entiende la cultura como una especie de atmósfera espiritual, cuyas partículas diseminadas impregnan el conjunto del cuerpo social. Una atmósfera que penetra incluso en —y mantiene atrapados bajo su influencia a— aquellos individuos que legítimamente pueden considerarse excepcionales y atípicos. Tal lo que ocurre, a su juicio, con la cultura utilitarista de los Estados Unidos. Vaz Ferreira, en cambio, concibe el mundo de las ideas como algo que forjan los individuos —y no como algo que los forja o que los constituye a ellos— y encuentra en el pragmatismo un error de razonamiento, que, como todos los errores de ese tipo, puede ser expuesto y denunciado: un error que cualquier persona culta tiene la capacidad de entender y del que puede liberarse sin mayores dificultades.

Todo el asunto es de una rigurosa actualidad. El éxito es hoy en día, quizás como nunca antes, uno de los criterios valorativos a los que mayor importancia social se asigna. Un «perdedor» o un «fracasado» no necesariamente era en otros lugares o en otros tiempos alguien que cargara con el estigma moral que carga entre nosotros. Hasta dónde el utilitarismo y el pragmatismo, dos filosofías serias, tienen algo que ver con esta situación es un asunto muy discutible. Por mor del argumento vamos a asumir que algo tienen que ver.

La crítica de la cultura del éxito se apoya muchas veces, hoy no menos que en la época de Rodó, en una concepción atmosférica, ambiental o climática de la cultura: una en que esta es concebida como el espíritu de un pueblo o de una época, un principio o esencia que impregna el conjunto de los modos de vida, las manifestaciones del pensamiento y las costumbres de un grupo social, un lugar o un tiempo. Una concepción que de forma muy vívida se expresa en las páginas del Ariel. Pero la crítica del criterio del éxito como principio valorativo no necesariamente debe estar fundada en una concepción atmosférica de la cultura. Las páginas que Vaz Ferreira le dedicó al tema son fiel testimonio de ello.

Utilitarismo y pragmatismo


El objetivo de la crítica de Rodó es el utilitarismo inglés, sobre todo en la forma en que esa filosofía se expresa en la cultura de los Estados Unidos: despojada, dice el autor, de todos los elementos de idealidad que la amortiguaban en la metrópolis colonial (Rodó, 1976: 40). La crítica de Vaz Ferreira no apunta directamente al utilitarismo sino al pragmatismo de William James tal como esa filosofía fue expuesta por su propio autor en el libro Pragmatism (1907), que reúne una serie de conferencias dictadas en Harvard. Pero ambas filosofías están estrechamente relacionadas, lo que habilita la comparación.

El utilitarismo es parte de una larga tradición británica que tiene a sus principales representantes en Jeremy Bentham y John Stuart Mill. El utilitarismo, en este sentido, es una prolongación de la antigua postura epicúrea frente al mundo: no es estrictamente el interés o la utilidad lo que está en el centro de sus preocupaciones —a pesar de lo que pueda sugerir su nombre—, sino la felicidad, como núcleo de sentido y significación de la ética. En su obra Utilitarianism (1861), Mill sostuvo:

«El credo que acepta como fundamento de la moral la utilidad, o el principio de la mayor felicidad, sostiene que las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad e incorrectas en la medida en que tienden a producir lo opuesto a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la privación del placer. [...] [E]l placer y la ausencia de dolor son las únicas cosas deseables como fines, y [...] todas las cosas deseables (que son tan numerosas en el utilitarista como en cualquier otro esquema) son deseables ya sea por el placer inherente en sí mismas o como medios para la promoción del placer y la prevención del dolor» (Mill, 1969: 210).

El pragmatismo de James abreva en las fuentes filosóficas del utilitarismo de Mill (recuérdese que James dedicó su libro, precisamente, a la memoria de este). Si el utilitarismo entiende que las acciones son moralmente correctas en la medida en que tiendan a promover la felicidad, e incorrectas en caso contrario, el pragmatismo viene a decir que las afirmaciones (que en sí mismas no son sino partes de nuestra experiencia del mundo) son verdaderas (o se vuelven verdaderas) en la medida en que nos ayuden a entrar en una relación más satisfactoria con otras partes de nuestra experiencia.
Para los pragmatistas, las ideas son herramientas con valor práctico, como los bisturíes, las llaves de tuercas, los marcapasos, los transistores o los circuitos integrados; instrumentos que nos ayudan a hacer frente a los desafíos del mundo, que nos asisten en la prosecución de nuestras metas e intereses. Las ideas son instrumentos y tienen (o no tienen) un valor teórico en función de su utilidad (o inutilidad) práctica. El valor práctico de las ideas es lo que William James llamaba su «valor en efectivo» o su «valor de caja» (cash value), es decir, lo que las ideas «pagan».

William James expresó la idea central del pragmatismo a través de expresiones como: «la verdad es lo que funciona», o «la verdad es lo que paga en efectivo», «lo bueno respecto de la creencia» o «lo que es mejor para nosotros creer». De este modo, Richard Rorty pudo sostener que: «James y Nietzsche hicieron por la palabra “verdad” lo que John Stuart Mill había hecho por la palabra “correcto”. Así como Mill sostuvo que no hay un motivo ético aparte del deseo de felicidad de los seres humanos, James y Nietzsche sostuvieron que no hay una voluntad de verdad distinta de la voluntad de felicidad. Los tres filósofos piensan que los términos “verdadero” y “correcto” ganan su significado de su uso en la evaluación del éxito relativo de los esfuerzos para lograr la felicidad» (Rorty, 2007: 28). Pero también advirtió que «James hubiera hecho mejor en decir que expresiones como “lo bueno respecto de la creencia” y “lo que es mejor para nosotros creer” son intercambiables con “justificado” y no con “verdadero”. Aunque acto seguido habría podido añadir que no tenemos otro criterio de verdad excepto la justificación» (Rorty, 1998: 2).

Vaz Ferreira y el valor de las cosas que no tienen una utilidad inmediata


Aunque el propio Vaz Ferreira puede razonablemente ser considerado un pragmatista (cfr. Pérez Ilzarbe, 2011: 133-134), en su obra se refiere en varias oportunidades a esta filosofía como una doctrina funesta, entre otras descalificaciones igualmente categóricas.

Vaz Ferreira entiende que, al evaluar las consecuencias prácticas de nuestras ideas, los pragmatistas se enfrentan a dos alternativas (Vaz Ferreira, 1963b: 123):

a) considerar todas las consecuencias, actuales y futuras, reales y posibles, conocidas y desconocidas, previsibles e imprevisibles; o
b) considerar solamente algunas de esas consecuencias; por ejemplo, las consecuencias que pueden percibirse, que pueden preverse, las consecuencias que ocurren en un momento dado o en una época dada, las que afectan a un individuo o una sociedad determinada.

El pragmatismo es «interesante», lo que no quiere decir que sea aceptable o correcto, en la medida en que restringe las consecuencias que deben ser consideradas a un conjunto acotado de las mismas: las consecuencias que ocurren en un momento dado o en una época dada, las que afectan a un individuo o sociedad determinados. Al acotar y hacer manejable el conjunto de las consecuencias que han de ser tomadas en cuenta, el pragmatismo «interesante» hace plenamente operacional la definición pragmatista de verdad: verdadero será aquello que se corresponda con el conjunto de las consecuencias seleccionadas, falso lo que no se corresponda. No cabe hablar de verdad más allá de un conjunto de consecuencias concretas. El término «verdadero» debe ser relativizado a un conjunto de consecuencias concretas o a un marco de consecuencias dado.

Vaz Ferreira se sirve precisamente de una de esas vibrantes e inconfundibles metáforas jamesianas para dirigirla contra su propio creador. Dice James en la sexta de las conferencias agrupadas en Pragmatism:

«La verdad, de hecho, descansa en gran medida sobre un sistema de crédito. Nuestras creencias y pensamientos son admitidos en la medida en que nada los desafíe o los ponga a prueba, del mismo modo en que una nota bancaria es admitida en la medida en que nadie la rechace» (James, 1987: 576-577).

Haciendo implícita referencia a este pasaje, Vaz Ferreira responde:

«Lo que James no ha sabido ver, aunque sus expresiones literales indiquen otra cosa, es que la verdad paga, es cierto; pero paga a crédito. El sofisma del pragmatismo práctico ha sido no ver más que el pago al contado, o, cuando más, en materia de crédito, no ver muy lejos. De manera que, si bien teóricamente los pragmatistas tienen en cuenta el crédito en toda su extensión [...], cuando pretenden sacar consecuencias prácticas de la doctrina, o no ven el crédito, o lo ven con una vista muy estrecha o muy corta» (Vaz Ferreira, 1963b: 138).

Una creencia verdadera, según la bella metáfora vazferreiriana, es aquella que tiene crédito ilimitado, infinito. Por la finitud inherente a todo lo que es humano, ese respaldo no puede, justamente, ser sometido a contrastación. El hecho de que a una idea aún no se le haya acabado el crédito no es expresión inequívoca de su verdad. Del mismo modo, el hecho de que sea aparentemente refutada tampoco es expresión inequívoca de su falsedad, porque al estar incorporada en una red de creencias, esas consecuencias negativas siempre pueden ser anuladas mediante un reajuste adecuado de la red conceptual en que se insertan.

Vaz Ferreira seguramente tiene razón cuando afirma que para el pragmatismo «o bien su definición de la verdad se refiere a todas las consecuencias tomadas con la mayor amplitud, y entonces no modifica la práctica; o bien modifica la práctica, pero es prescindiendo de algunas consecuencias posibles, por lo menos, de las creencias; y, en este caso, modifica la práctica en mal sentido, y el pragmatismo se vuelve un sistema funesto, porque nos conduce a tomar en muchísimos casos el error por verdad, buscando el criterio del éxito» (Vaz Ferreira, 1963b: 123-124).

Rodó y el valor de las cosas que no tienen una utilidad puramente material


En 1900 Rodó publicó Ariel, un ensayo que adopta la forma literaria del discurso que un profesor, a quien sus estudiantes apodan Próspero, por alusión al sabio mago de La tempestad de William Shakespeare, les ofrece como despedida el último día de clase. El profesor quiere ayudar a sus alumnos —una nueva generación de jóvenes que se incorpora activamente a la vida social— a afrontar los nuevos retos que imponen los tiempos. Les habla entonces de la emergencia todopoderosa de los Estados Unidos como gran potencia continental y del espíritu de ese pueblo, moldeado sobre el temperamento del pueblo inglés, pero desprovisto de su nobleza y de sus valores espirituales. Así, pues, les dice:

«El espíritu inglés, bajo la áspera corteza de utilitarismo, bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidad puritana esconde, a no dudarlo, una virtualidad poética escogida, y un profundo venero de sensibilidad, el cual revela, en sentir de Taine, que el fondo primitivo, el fondo germánico de aquella raza, modificada luego por la presión de la conquista y por el hábito de la actividad comercial, fue una extraordinaria exaltación del sentimiento. [...] El pueblo inglés tiene, en la institución de su aristocracia —por anacrónica e injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho político—, un alto e inexpugnable baluarte que oponer al mercantilismo ambiente y a la prosa invasora» (Rodó, 1976: 40).

En el ambiente cultural propiciado por la democracia estadounidense, nos dice Rodó por boca de ese profesor, la vulgaridad del utilitarismo inglés no encontró frenos que la contuvieran y se extendió y propagó «como sobre la llaneza de una pampa infinita». El resultado fue «una suerte de materialismo pálido y mediocre», y, en última instancia, «la silenciosa descomposición de todos los resortes de la vida moral». La prosperidad de ese pueblo, insiste, es tan grande como su imposibilidad de satisfacer alguna concepción trascendente de la vida. Y agrega:

«Obra titánica, por la enorme tensión de voluntad que representa, y por sus triunfos inauditos en todas las esferas del engrandecimiento material, es indudable que aquella civilización produce en su conjunto una singular impresión de insuficiencia y de vacío. [...] [Si] se pregunta cuál es en ella el principio dirigente, cuál su substratum ideal, cuál el propósito ulterior a la inmediata preocupación de los intereses positivos que estremecen aquella masa formidable, sólo se encontrará, como fórmula del ideal definitivo, la misma absoluta preocupación del triunfo material. Huérfano de tradiciones muy hondas que le orienten, ese pueblo no ha sabido sustituir la idealidad inspiradora del pasado con una alta y desinteresada concepción del porvenir. Vive para la realidad inmediata del presente, y por ello subordina toda su actividad al egoísmo del bienestar personal y colectivo» (Rodó, 1976: 39-40).

La búsqueda de la prosperidad material, nos dice Rodó, no está mal, y en ello el pueblo estadounidense ha descollado como quizás ningún otro lo haya hecho antes en la historia de la humanidad, pero los elementos materiales que adornan la existencia humana, ni en su caso ni en cualquier otro, proveen a esta de un sentido, de un significado o de un propósito.

El utilitarismo es para Rodó un principio o esencia de carácter absolutamente general que informa sin restricción —y que degrada— el espíritu estadounidense. Ese principio unifica una serie de fenómenos que pasan, de esta forma, a ser considerados distintas manifestaciones de una misma realidad general. La cultura, entendida de esta manera como la entiende Rodó, moldea las mentes de las personas; la cultura hace a las personas. No se trata de un determinismo estricto, desde luego: existe un cierto margen para salirse del marco general, un cierto margen para la rebelión individual y la disidencia. Unas pocas individualidades anómalas se salen del marco común, pero incluso esos individuos especiales consiguen escapar del marco general solo en una cierta medida, solo en un cierto grado: en forma parcial. Tal el caso, por ejemplo, de Poe:

«La voluntad es el cincel que ha esculpido a ese pueblo en dura piedra. Sus relieves característicos son dos manifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril. [...] Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es ese extraordinario alarde de energía que lleva a todas partes y con el que imprime cierto carácter de épica grandeza, aun a las luchas del interés y de la vida material. [...] Y esta energía suprema, con la que el genio norteamericano parece obtener [...] el adormecimiento y la sugestión de los hados, suele encontrarse aun en las particularidades que se nos presentan como excepcionales y divergentes de aquella civilización. Nadie negará que Edgard Poe es una individualidad anómala y rebelde dentro de su pueblo. Su alma escogida representa una partícula inasimilable del alma nacional, que no en vano se agitó entre las otras con la sensación de una soledad infinita. Y, sin embargo, la nota fundamental —que Baudelaire ha señalado profundamente— en el carácter de los héroes de Poe, es todavía el temple sobrehumano, la indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó a Ligeia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó en la luz inextinguible de sus ojos el himno de triunfo de la Voluntad sobre la Muerte» (Rodó, 1976: 38).

Para Rodó, lograr la proeza de impugnar el pensamiento establecido y dominante en un lugar o un tiempo requiere, como condición de posibilidad, pues, el hecho de ser «una individualidad anómala y rebelde», un «alma escogida», «una partícula inasimilable», condenada a agitarse en vano «con la sensación de una soledad infinita». E incluso esos individuos fuertemente excepcionales y atípicos, como Poe, solo consiguen escapar de la tónica general envolvente en una cierta medida, solo en forma parcial.

En síntesis


La crítica de Rodó al utilitarismo coincide superficialmente con la de Vaz Ferreira al pragmatismo. Ambos coinciden en censurar lo que entienden es un menosprecio de los aspectos de la vida espiritual que no conducen a un beneficio inmediato. Para Vaz Ferreira el pragmatismo descansa sobre un mal razonamiento. Puede haber un ambiente cultural que lo promueva de manera más o menos irreflexiva, pero, en todo caso, abrazarlo es un defecto —una equivocación— de las personas. Y la solución a ese problema es pensar mejor. Recordemos el objetivo de Lógica viva, enunciado ya en el primer párrafo de su prólogo: «un libro [...] destinado, no a demostrar o a aplicar ninguna doctrina sistemática, sino sólo al fin positivamente práctico de que una persona cualquiera, después de haber leído ese libro, fuera algo más capaz que antes de razonar bien, por una parte, y más capaz, por otra, de evitar algunos errores o confusiones que antes no hubiera evitado, o hubiera evitado con menos facilidad» (Vaz Ferreira, 1963a: 15). Aquí la expresión clave es: «una persona cualquiera». Para Vaz Ferreira, una persona cualquiera puede, llegado el caso, detectar los errores, las falencias, los defectos, las arbitrariedades sobre las que descansa una cierta doctrina —así forme parte del pensamiento dominante de un lugar o de un tiempo— y rechazarla. Para Rodó, en cambio, lograr esa proeza no está al alcance de cualquiera, sino solamente de un «alma escogida».

Ambas perspectivas pueden tener una parte de verdad, desde luego, pero es importante distinguirlas, para mantener luego la posición que uno quiera mantener frente a ellas —tomar partido por una, por la otra, por alguna forma mixta o por ninguna—. De la falta de claridad conceptual y de la confusión no emerge, en general, nada positivo.


James, W. (1987). Writings, 1902-1910. Nueva York: Library of America.
Mill, J. S. (1969). Essays on Ethics, Religion and Society: Collected Works of John Stuart Mill, Vol. X. Toronto: University of Toronto Press, Londres: Routledge.
Pérez Ilzarbe, P. (2011). «Vaz Ferreira as a Pragmatist: The Articulation of Science and Philosophy» en Pappas, G. F. (ed.) Pragmatism in the Americas. Nueva York: Fordham University Press, pp. 120-134.
Rodó, J. E. (1976). Ariel. Motivos de Proteo. Biblioteca Ayacucho: Colección Clásica, vol. III. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho.
Rorty, R. (1998). Truth and Progress: Philosophical Papers, Vol. III. Cambridge: Cambridge University Press.
Rorty, R. (2007). Philosophy as Cultural Politics: Philosophical Papers, Vol. IV. Cambridge: Cambridge University Press.
Vaz Ferreira, C. (1963a). Lógica viva. Obras de Carlos Vaz Ferreira, vol. IV. Montevideo: Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay.
Vaz Ferreira, C. (1963b). Conocimiento y acción. Obras de Carlos Vaz Ferreira, vol. VIII. Montevideo: Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay.

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