Jóvenes montevideanos rescatando destinos

Yo a veces me pregunto, ¿qué sentís vos cuando venís acá? Te debe parecer rarísimo el cante [abreviación coloquial de cantegril], ¿no? Acá está todo podrido, es horrible, aunque a mi me gusta… No me imagino viviendo fuera del cante. … El año próximo… y, ahora que estoy rescatada, me gustaría pegar algún laburo, algo bien, viste. Pero no sé, porque nunca trabajé yo. Pero sí, eso, estar tranquila, con mis hijos, rescatar algún laburo… y estar tranquila viste, no pido más que eso.”


Primera historia. Valeria nació en Casavalle, más precisamente, en la Comunidad Misiones, también conocida como “Los Palomares” del Borro. Cursó hasta cuarto año de escuela primaria, pero dejó de asistir puesto que, de acuerdo a su relato, a su madre lo único que le importaba era que sus hijos le dieran plata, que le sirvieran para algo. Es así que a los once años, comenzó a preparar paquetes de marihuana para su comercialización, y en ocasiones, repartir “pedidos”. Abusada sexualmente por su padrastro, se sale de su casa materna a vivir “en el cante, ¿a dónde me iba a ir? Me fui con un hermano, que después cayó preso, y me quedé viviendo ahí con mi cuñada, y ahí fue cuando empecé a changar, porque ya tenía a la Carina, y mi cuñada tenía dos hijas, y comida no les podía faltar.”

En nuestras visitas al barrio, vemos con mucha frecuencia a Valeria ir y venir con su hija más pequeña colgando de un brazo, y un gran bolso colgando de otro brazo. Es que mientras sus tres niños están en la escuela, ella se dedica a comprar y vender artículos de diversa índole entre sus vecinos. Tiene su clientela en el barrio, sigue viviendo “en el cante”, pero “compró” una vivienda en el entorno inmediato del barrio. Decimos que “compró” entre comillas.

¿Por qué las comillas? Conocido es que entre los vecinos del barrio se produce una circulación de viviendas que se “compran” y “venden”, esto es, se traspasan llaves. Con el afán de desalojar a la población de áreas más céntricas de la ciudad y de erradicar zonas tugurizadas, estas viviendas fueron construidas por la esposa de Juan María Bordaberry, en el año 1976. Desde entonces han sido sub-divididas, ampliadas, re-pobladas por las familias y nuevos pobladores. Un “Palomar”, como le llaman los vecinos, haciendo alusión al amontonamiento en el que viven las palomas, puede costar entre 20.000 y 50.000 pesos uruguayos, de acuerdo a lo que cuentan los propios vecinos.

Hace ya dos años que Valeria dejó el consumo de pasta base, y ha reconfigurado su vida aislándose de su familia. Ello la posiciona en un lugar muy favorable entre los “buenos vecinos” del barrio, que la ayudan con el cuidado de los niños, ropa vieja que ella vende ferias, y algún que otro alimento. Sin embargo, Valeria insiste en que ella nunca trabajó. “Ah, ¿no? ¿Y entonces cómo le llamás a todo lo que hacés por las tardes?”, la cuestiono. “Bueno, yo te digo, así, de tener un trabajo bien, con un jefe, un horario, eso, pero bueno, esto también puede ser un trabajo, no?”, me responde, cambiando claramente la gestualidad.

Segunda historia. Gabriel, 27 años, casado y con tres niñas de 2, 3 y 5 -ninguna es en común con su pareja.- Abandonó los estudios en el primer año de la secundaria, porque “estaba para cualquiera”. En ese “cualquiera”, van apareciendo conforme se asienta la confianza, sus salidas al centro de la ciudad con el fin de rapiñar para volver con “algo para consumir”, el vértigo que la actividad le produce, su práctica de consumo de drogas “pesadas” y la decisión familiar de enviarlo al campo. Originarios del interior del país, Gabriel es enviado con un tío a trabajar el campo, con quien desde el amanecer escucha música, e incursiona en estilos musicales para él desconocidos.

En su auto-análisis, es esto lo que le permite dejar de consumir pasta base de cocaína. Su tío lo vincula al “pastor”, con el que comienza un trabajo de reflexión sobre sí mismo. Vuelve al barrio decidido a tener otra vida: “el pastor me cambió, ahora creo en mí”. Gabriel trabaja hoy en medios de transporte colectivo, en donde canta y baila hip-hop. Se siente bien consigo mismo, y se proyecta a futuro en la actividad. Aunque su vivienda es realmente muy precaria, las expectativas en torno a su futuro son elaboradas positivamente, y está lleno de ideas acerca de cómo mejorar sus ingresos sin dejar una actividad que le encanta. Él mismo compone sus letras, que en su mayoría son mensajes para otros jóvenes, que como él, incursionaron en actividades delictivas y en el consumo de drogas.

“Si querés, te podés rescatar”, afirma convencido. En su caso, no hay duda que en su capacidad de agencia la música y la religión han jugado un papel central para la reconstrucción de un lazo del que se siente muy orgulloso.
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Dos relatos que brevemente nos muestran la vida de dos jóvenes adultos que, lejos de haberse “desafiliado”, han ido rescatando para sí mismos algún lugar desde el cual integrarse socialmente. ¿Cómo comprender el recurrente y diversificado uso que estos jóvenes hacen del verbo rescatar? Lejos de una juventud apática, nos encontramos en Casavalle, ese lugar tan estigmatizado de Montevideo, con jóvenes que buscan intersticios en donde rescatarse a sí mismos y a sus semejantes. “Recobrar por precio o por fuerza lo que el enemigo ha cogido” indica el Diccionario de la Real Academia Española.

Rescatar un lugar es, para muchos jóvenes de hoy, lograr un espacio desde donde vincularse en un país que para ellos y también para sus abuelos, nunca fue “de cercanías”. Allí donde tanto se ha hablado de “desinterés”, “apatía”, “indiferencia”, encontramos jóvenes que adoptan distintas estrategias para hacer frente a diferencias que se constituyen en desigualdades que persisten como desventajas sociales. ¿Somos hoy más desiguales que antes? ¿Que cuándo, en qué, cuánto? Para muchas Valerias y muchos Gabrieles, siempre hemos sido muy distantes. Física y socialmente. Tanto así que, viviendo a treinta minutos del Río de la Plata, muchos de ellos no lo han visto jamás. Y no es metáfora.

Ojalá podamos nosotros, rescatar para las ciencias sociales una mirada capaz de ver lo que tiende a invisibilizarse, y dar la batalla por detectar las “ausencias” y las “emergencias”. Porque parafraseando a Santos “no necesitamos alternativas, sino un pensamiento alternativo de alternativas.”[1]

[1] Santos, Boaventura de Souza (2010): Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una epistemología del Sur, Lima: Instituto Internacional de Derecho y Sociedad, Programa Democracia y Transformación Global: 44.

* Foto: Niña jugando en "plaza" de Casavalle. Archivo personal, enero de 2011.


Convivencia y Territorialidad

                                                                                                                            Por Luciana Sc...