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Democracia y la pomada del Tigre


Hasta hace no mucho, la “pomada del Tigre” era un producto muy ofertado en el transporte público de Montevideo. Sus vendedores afirmaban que esta pomada era capaz de sanar y aliviar un buen número de dolores y malestares.
El uso que se hace en Uruguay de la idea de democracia me hace acordar mucho a la forma en que la pomada del Tigre era ofrecida. De una forma u otra, se insiste en la idea de que mas democracia es lo que se necesita para mejorar el funcionamiento de nuestras instituciones claves. Así, se habla de democratizar la educación, el sistema de salud, la cultura y hasta la “convivencia”. Del mismo modo se ha dicho que hay que “transformar democráticamente el Estado” o incluso que se debería diseñar un modelo democrático de “seguridad ciudadana”. ¿Qué tiene de malo hablar de democracia en esos términos? ¿Es esto problemático? En cierta forma sí. Mi cometido en este ensayo es explicar por qué.
Debo hacer dos aclaraciones antes de seguir. Primero, no voy a desarrollar aquí un argumento en contra de la democracia como forma de gobierno; lejos están mis intenciones de eso. Simplemente voy a explicar por qué hay que ser cuidadoso con los usos de la idea de democracia que se hacen a diario. Segundo, mi crítica no se dirige al manejo de la idea de democracia por parte del gobierno de turno sino que tiene un alcance multipartidario. De hecho, todas las sugerencias arriba mencionadas provienen de los programas políticos de los mayores partidos que compitieron por las elecciones nacionales en 2009.
Para empezar, ¿qué es democracia? Si bien existen múltiples definiciones- y por ello sería ridículo extendernos sobre ese punto aquí- una definición minimalista nos dice que en su núcleo duro la democracia es un método para tomar decisiones. Con el método democrático podemos elegir como distribuir diferentes cargas y beneficios en nuestra sociedad. Por ejemplo, en un gobierno democrático los gobernantes son elegidos a través del voto mediante elecciones competitivas. Hacer un sorteo o usar la fuerza son otros procedimientos alternativos para el mismo cometido. Pero más allá de la existencia de competencia y elección, el método democrático usualmente se caracteriza por ser inclusivo: los involucrados deben tener oportunidades iguales y reales de participar y votar.
La idea de democracia tiene un componente de igualdad muy fuerte. El “demos” es el sujeto que decide. Ahora bien, ¿qué significa decir que vamos a democratizar el sistema educativo o el de salud? ¿Significa que más ciudadanos van a formar parte del proceso de decisión en esos ámbitos o simplemente significa que se quiere promover un mayor nivel de inclusión de la ciudadanía en ellos?
Decir que el sistema educativo tiene que ser más democrático en el segundo sentido, supone que debe ser más inclusivo, esto es, que más estudiantes deberían ser incorporados al sistema. Sin embargo, la inclusión de más estudiantes al sistema educativo o de más ciudadanos al sistema de salud o de más beneficiarios a las políticas sociales es un tema de cobertura y no de democracia. Dicho de otra forma, universalizar el sistema educativo o de salud es bien diferente a “democratizarlos”. Que más ciudadanos tengan acceso al sistema de salud no supone que más ciudadanos van a tener acceso a los ámbitos de decisión de nuestras instituciones sanitarias. Es importante hacer esa distinción. Mientras defiendo la universalización de la salud pública, no me parece adecuado que el funcionamiento de las instituciones sanitarias este determinado por el voto o la elección de cada uno de sus usuarios. Eso crearía importantes problemas de eficiencia. Personalmente puedo tener opiniones sobre cómo debería funcionar el sistema de salud en ciertos puntos, pero mi ignorancia sobre el quehacer diario de las instituciones sanitarias hace que incluir mi voz en los procesos de toma de decisión genere más cargas que beneficios. Una cosa es crear mecanismos de rendición de cuentas y otra cosa bien diferente es dar poder decisorio total a los usuarios. El mismo razonamiento lo podemos extender a otras áreas como la educación, la seguridad o las políticas sociales.
La democracia es la mejor forma de gobierno que tenemos disponible. Pero asumir que el modelo de gobierno democrático y su lógica inclusiva debe ser extendido para corregir el funcionamiento de nuestras instituciones públicas es un paso diferente. Con ello se corre el riesgo de terminar legitimando procedimientos y resoluciones ineficientes para los objetivos trazados. Asumamos, por ejemplo, que nuestros objetivos generales en términos educativos son alcanzar mayores niveles de cobertura y calidad. ¿Es razonable pensar que el mejor camino para alcanzar esos objetivos radica en que los involucrados (alumnos, padres, maestros, profesores, funcionarios, etc.) cuenten con una mayor o igual participación en la toma de decisiones? Ciertamente, la existencia de mecanismos de decisión democrática dentro del sistema educativo es importante. Es muy bueno que todos los involucrados puedan ser oídos. El problema surge cuando se piensa que la solución principal ante cualquier falla se encuentra en darle más voto y voz a todos los involucrados. Incluir democracia en la ecuación que busca solucionar nuestros problemas es casi siempre un camino libre de costos políticos. Así llegamos a una etapa del debate público en el que el verbo “democratizar” es ofertado de la misma forma que la pomada del Tigre.



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