viernes, 20 de septiembre de 2019

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domingo, 8 de septiembre de 2019

Las ciencias sociales están conceptualmente en cualquiera


Por el Dr. Toto Caelo
Professor of Social Science
University of Montevideo, Minnesota


[Nota del editor: di con este texto en la red de redes y me pareció interesante para quienes se nutren de las ciencias sociales, sea como investigadores, estudiantes, lectores, o usándolas en sus labores periodísticas, políticas, comerciales, futbolísticas, o lo que fuere. No tengo el gusto de conocer al autor, pero aparentemente es un profesor universitario en Estados Unidos, más concretamente en Montevideo, Minnesota. La traducción del inglés al español fue realizada por Google Translate. O sea, si hay errores de traducción, es responsabilidad del algoritmo. Cual Poncio Pilato yo me lavo las manos. Y arriba Razones y Personas.]


(I) LLAMEN A MOE

Mi tesis es bien simple: las ciencias sociales están conceptualmente en cualquiera.

Los científicos sociales se pasan teniendo desacuerdos conceptuales. Esto es, desacuerdos sobre sus conceptos principales, palabras claves, o definiciones más importantes. Por ejemplo, una afamada politóloga propone una nueva “conceptualización” del estado, de la democracia, o del terrorismo. Un afamado politólogo le contesta que esos nuevos conceptos son cualquiera. Un afamado antropólogo dice que la mejor definición de “cultura” es esto y aquello. Una afamada antropóloga le contesta que esa definición es cualquiera. En realidad, la cultura es otra cosa. Y pasa a explicar lo que realmente es. Una socióloga argumenta que el concepto de clase social debería ser modificado para evitar su anquilosamiento. Un colega le contesta que sí, es cierto, debería ser modificado, pero no de la forma que ella sugiere. Una tercera socióloga opina que ambos están equivocados: el único concepto de clase correcto es el suyo.

Este tipo de peleas son constantes. En las revistas académicas, conferencias, boliches, corredores, patios, y afuera del edificio, donde está permitido fumar. Casi nunca se llega a un acuerdo. Todos se mantienen en sus trece. Y así los conceptos de los científicos sociales se multiplican, las confusiones se multiplican. No está claro a qué se refieren sus palabras.

Se me dirá que esto es un problema abstracto, que interesa solamente a los pensadores “teóricos,” gente que escribe ensayos, a cada rato mete palabras en francés o alemán, y se deja ver fumando pipa. Craso error. Es un problema fundamental para la investigación empírica de todos los días, cuyo objetivo es observar, describir, explicar, y entender los procesos sociales. Por ejemplo, las investigaciones de los politólogos dependen de los conceptos de democracia, estado, estado de bienestar, socialismo, izquierda y derecha, institución, globalización, cultura política, sociedad civil, terrorismo, y muchos otros. De los psicólogos: emoción, creatividad, cognición, inteligencia, felicidad, ansiedad, y empatía. De los sociólogos: clase, movimiento social, revolución, identidad, valores, arte, raza, ciencia, y religión. En todas las ciencias sociales: capitalismo, desarrollo, racionalidad, género, cultura, estructura, y desigualdad.

El rol de estos conceptos es una especie de mediación. Una mediación entre los argumentos de los científicos sociales y la realidad empírica. Sin embargo, mal pueden cumplir este rol, siendo que, dado un concepto o palabra clave, nadie sabe cuál es su extensión o referente. O mejor dicho, todo el mundo dice saberlo, pero cada cual dice otra cosa.

En fin: https://www.youtube.com/watch?v=DnOjnD_xsGQ


(II) “NO ENTIENDO EL CONCEPTO”

¿Qué hacer? Sentido común: cuando se está en desacuerdo sobre algo, el primer paso es pensar qué procedimiento habría que emplear para resolverlo. Por ejemplo, si Delmira sostiene que la raíz cúbica de 2.744 es 24, mientras que Circe sostiene que es 14, es evidente qué hay que hacer para determinar quién tiene razón. (Es Circe.) Si Juan Ramón sostiene que el delfín de Francia en 1630 era Francisco I, mientras que Juan Román sostiene que era Carlos IX, tampoco hay duda sobre el procedimiento a seguir. (Ambos se equivocan. Pero cómo le pegaban a la pelota.)

Los científicos sociales no saben cómo resolver sus desacuerdos conceptuales. No tienen un procedimiento o método. Por eso sus discusiones no llegan a nada. Al final, los estudios empíricos usan los conceptos y definiciones que quieren. Supongamos que un sociólogo, llamémoslo “Yubert,” publica un libro sobre los movimientos sociales del siglo XIX, o un libro sobre el terrorismo en el siglo XX. Otro sociólogo, llamémoslo “Coelho,” publica un libro sobre el mismo tema, movimientos sociales o terrorismo. Pero Yubert y Coelho usan definiciones diferentes de la expresión “movimiento social” o de la palabra “terrorismo”; no se refieren al mismo conjunto de elementos (hay intersecciones, pero el conjunto no es igual). Por tanto, no están describiendo y explicando la misma cosa: están trabajando con un explanandum o variable dependiente distinta. Sus resultados son inconmensurables. Manzanas y naranjas. No se puede sumar 80 centímetros y 50 gramos. No te da nada.

Lo peor de la historia es que, en la práctica, entra en juego la desigualdad. En este caso, desigualdades epistémicas, que crean injusticia epistémicas. ¿Qué conceptos, conceptualizaciones, y definiciones terminan prevaleciendo en las ciencias sociales? Producir conceptos, como producir teorías, es un privilegio. Reservado a los portadores de la tarjeta VIP. En las ciencias sociales hay una división del trabajo entre los productores y meros usuarios de conceptos, así como hay una división del trabajo entre los productores de teorías y estudios de caso (y otros tipos de corroboraciones y aplicaciones de las teorías). Y hay una correlación entre estas divisiones del trabajo y variables como estatus social, poder, género, y centro/periferia. Es decir, tener más estatus, poder, género masculino, y trabajar en un centro del sistema-mundo (ceteris paribus) incrementan la probabilidad de que un científico social produzca teorías y conceptos.

Es una situación funesta. Nefasta y nefanda. Nadie se atrevería a argumentar que el estatus, poder, o género deban ser relevantes, ¿no? Ni que estar en Princeton, Cambridge, o Cambridge otorgue un derecho a ocuparse de labores más exaltadas, decir cosas más generales e importantes, y ser escuchado y leído, ¿no?

(¿¿No??)


Foto: Juan Ramón reflexionando sobre el delfín de Francia.


(III) JUSTICIA

Muchos científicos sociales creen que estas preguntas que estoy planteando, preguntas sobre sus conceptos, palabras, y definiciones, son principalmente metodológicas. Creen que estas preguntas admiten respuestas verdaderas, en el mismo sentido que cuando hablamos de raíces cúbicas, la historia de la monarquía francesa, el número atómico del plomo, o la distancia entre Saturno y Neptuno (Juan Lindolfo Cuestas 1595). Pero no es así. Para resolver este problema, hay que darse cuenta de que se trata, en parte, de un problema ético y político. Tiene que ver más con la razón práctica que con la razón teórica. Más con lo éticamente bueno que con lo verdadero.

Dado un desacuerdo en una ciencia social, o en una literatura, acerca de un concepto, palabra, o definición, es necesario establecer un procedimiento adecuado. Tendrá que contemplar los intereses de todos los participantes, así como los intereses de otras personas y grupos que no pudieron venir (porque no se enteraron, porque no tienen plata para el boleto, porque tienen que ir a laburar, o porque han sido discriminados por mucho tiempo). Tendrá también que contemplar a quién beneficiaría la adopción colectiva de un cierto concepto o definición, dentro y fuera de la academia; quién se perjudicaría, dentro y fuera de la academia; y qué acuerdo sería más justo. “Justo” en el sentido ordinario de la palabra, ético y político.



Foto: Llamen a Moe que Larry está en cualquiera.


jueves, 29 de agosto de 2019

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sábado, 24 de agosto de 2019

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